Plaza nueva

Luis Carlos Peris

Nunca tantas suspensiones

SEIS corridas de toros fueron suspendidas este año en Sevilla, algo que jamás había ocurrido. Es más, lo más corriente es que no hubiese suspensión alguna en toda la temporada, que bien podrían contarse con los dedos de la mano y sobrarían dedos las que no pudieron celebrarse en el resto del último medio siglo. Y la de festejos que se dieron lloviendo desde el paseíllo al arrastre del último toro... Es más, recuerdo el que bien haya podido ser el festejo de mi vida la tarde en que Antonio Ordóñez reaparecía en Sevilla tras su retirada del 62. Era jueves de Feria del 67, con el rondeño toreaban Litri y Curro Romero, empezó a llover cuando los toreros aún no habían aparecido por Iris y así hasta bien entrada la noche. Bien es cierto que no fue lluvia torrencial, pero sí continua y como para que los diestros hubiesen de torear descalzos y así saliesen los tres en hombros por donde habían entrado, por Iris.

También recuerdo una corrida en que llovió de tal manera que al tercero ya no se le dio suelta. Y así se daba la circunstancia de que después de que Curro y Paula mataran al primero de sus lotes, Pepe Luis se fuese a casa sin ponerse delante. O aquella corrida de Miura del 98 en que por los tendidos caían ríos, por lo que ni siquiera empezó. Han sido pocas, muy pocas, las suspensiones y el ruedo era como ahora, de albero, muy compactado y sin drenaje artificial. Todo era como hasta ahora, o casi todo. Con la reglamentación actual hay que apurar hasta el último momento, pero lo que debiera ser un motivo para que las posibilidades de ir adelante prosperen es al revés, que se suspenden más festejos. El caso de esta temporada sevillana es palmario en ese sentido, pero habrá algunas causas para que no se erradiquen las suspensiones.

Acabar con el problema y la frustración que suponen cualquier suspensión no debería ser tan complicado, sobre todo como en las suspensiones que nos ocupan. Éstas han sido más por la lluvia caída con anterioridad que por la vertida durante el festejo. Es más, la mejor faena del año -Manzanares el lunes del alumbrado- aconteció bajo un auténtico diluvio y sin que nadie abandonase los tendidos. El problema está, sobre todo, en cómo está el ruedo a la hora del paseíllo y eso sí se podría evitar. Parece que nada como un buen drenaje y unas buenas correntías hacia las tablas. Eso sería factible con otra arena que no sea albero, pero ni se imagina uno un ruedo maestrante sin la albariza alcalareña ni parece positivo que se excave para instalar un sistema de drenaje con sus calles y su canesú. Donde está situada la Maestranza, a nada que se escarbe puede surgir el hallazgo arqueológico más impensable, llegan los de las escobitas y a hacer puñetas, a torear a otro sitio, ¿a la Plaza Nueva, quizás?

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