Brindis al sol

Alberto González Troyano

Una taberna

HAY homenajes meramente formales y retóricos, y hay otros, tan necesarios, que realizarlos llena de entrañable orgullo tanto al receptor como al que lo brinda. Entre estos últimos encaja el que hoy dedica el Consejo regulador de vinos del marco, en Jerez, a don Miguel García, propietario de la taberna La Manzanilla de la calle Feduchy, en Cádiz. Este gesto supone una digna y cariñosa expresión de reconocimiento hacia la persona que ha ejercido con total excelencia su oficio durante más de medio siglo. Pero también debe ser ocasión para reflexionar sobre un comportamiento personal, cuyo ejemplo desborda el limitado campo de una taberna.

Una vez celebrada, pues, la sabiduría pedagógica de don Miguel, con decenas de años tratando con esmero sus botas -sin adulterar ni una sola vez su fidelidad a la manzanilla- y su delicada discreción con los clientes (ese sabe estar y no estar, al mismo tiempo), habría que referirse al espacio de convivencia creado en su taberna.

Se trata, en principio, de un local modesto, que encierra todavía el clima de un antiguo despacho de vinos, pero en el que todos los elementos compositivos del pasado permanecen vivos. No hay que recurrir a la nostalgia ni a ensoñaciones literarias o pictóricas. Todo funciona como hace casi un siglo: los mismos nombres, las mismas vasijas, los mismos trasvases, el mismo silencio (si se quiere) o la misma sociabilidad (si se busca). De la mano de Don Miguel se ha conseguido así el milagro de que el tiempo quede suspendido entre sus paredes. Un milagro consecuencia de un difícil equilibrio: respeto a las tradiciones, sin caer por ello en anquilosadas reconstrucciones de cartón-piedra.

Las tabernas formaron un entramado esencial para la difusión de la cultura popular andaluza desde el siglo XVIII. Frente al café ilustrado, la taberna fue el refugio de los representantes de las manifestaciones castizas. Pero, poco a poco, el deseo de adecuarse a nuevos gustos, buscando una rentabilidad más inmediata, empujó a una modernización excesiva que ha desembocado en la uniformidad estandarizada que padecemos. Muchas de las tabernas que perduran son franquicias de cartón-piedra. Pero, por fortuna, para los que buscan recuperar el tiempo perdido, todavía se mantiene la taberna de Don Miguel. Que aún encierra otro milagro: su hijo Pepe ha recogido la herencia y testigo de su padre y mantiene, con igual ilusión, los principios que han llenado de tantos peregrinos nostálgicos y sedientos la calle Feduchy en Cádiz.

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