Relatos de verano

taller de lavadoras (Iii)

ESA noche, como todas las noches de sábado en los últimos tiempos, el club de jazz está casi desierto. Cuatro mesas ocupadas, nueve vacías, ocho clientes y tres camareros ociosos ensuciando los delantales de no hacer nada. Carrascosa, el dueño de L'arc en ciel, se pasea nervioso arriba y abajo delante de la barra, con las manos cogidas a la espalda, la barriga ochenta centímetros por delante del culo, mordiendo el puro apagado. Se lo va a comer.

Sobre la tarima, los de cada fin de semana, los auto bautizados "Cuerda de mentirosos", cuatro músicos de carrera, de formación clásica, con escaso interés por el jazz, pero con poco trabajo, menos ingresos y demasiadas facturas que pagar a lo largo del mes. La idea de montar un grupo de jazz para tocar en el club los viernes y sábados fue de Gorka Hijazo, el contrabajista, un tipo esquinado, que nunca mira de frente y se lava poco -decir poquísimo no sería cruel-, pero con cierta soltura para los negocios, cosa rara entre artistas. "Cuerda de mentirosos" se formó en quince minutos, lo que a Gorka le costó llamar a Nico y a dos más que habrían de encargarse del piano y la batería. Pero, según los que entienden en la ciudad -que tampoco son tantos- el jazz que ejecuta, produce, efectúa o perpetra el grupo tiene poco ángel, poca tensión, poco swing, poco de todo.

Llevan seis minutos con una versión de "Honeysuckle Rose", un tema de Charlie Parker y Nico se ha despistado ya cuatro veces. Después de que el guiri bolinga de la mesa seis silbe por segunda vez, Gorka le clava los ojos a la oboísta. Una mueca refuerza su enfado. Ella se disculpa encogiendo los hombros. No es la primera vez. Los despistes de la chica se prodigan desde hace tiempo. Quizás sea mejor dejarlo un rato, hacer un descanso. A un gesto de Gorka, cortan más abruptamente de lo deseable en el mundo del jazz.

Antes de que el líder tenga tiempo de pedirle explicaciones a Nico, Carrascosa y su barriga se plantan sobre la tarima, agarra por el brazo al contrabajista y se lo lleva a una esquina de la barra.

-¿Qué coño os pasa, joder? Se han levantado dos mesas y se han marchado poniéndome caritas. Uno de ellos me ha dicho que a ver si me fijo más a la hora de escoger músicos. ¿Tú qué te crees que es esto, chaval? Yo aquí me juego mi dinero…

-Perdona, Carrascosa, pero…

-Ni pero ni leches, ya estáis recogiendo vuestros bártulos y no quiero volver a veros por aquí en la vida. Al carajo ¿me oyes? Se acabó. Fuera. Ah, y por si se te ocurre preguntar: lo de esta noche no os lo voy a pagar. Si te parece mal, te plantas en Magistratura y le dices algo al ropón que esté de turno, a lo mejor me mete en la cárcel y todo ¿me has entendido o no? ¡Largo de aquí!

*****

Al salir del local, Nico duda si volver a casa atravesando el parque o dar un rodeo buscando calles más iluminadas y concurridas. Ella nunca ha sido una persona decidida. De pequeña, el problema se limitaba a escoger entre varios tipos de caramelo ante un puesto de chuches, mientras quien fuese la mantenía en brazos, para que pudiera ver la mercancía detrás del mostrador, dentro del quiosco. Y tardaba. Miraba y tardaba. Y le decían: "Espabila, niña, que ya pesas mucho", y mientras más la urgían, más se retraía su capacidad para tomar decisiones. Unas veces el benefactor se enfadaba y se iban sin mercancía. Otras, la dejaban de nuevo en el suelo, sin haber elegido. Las más, elegían por ella, con lo que el mayor de los alivios se le apoderaba. Así, a fuerza de repetir el estímulo negativo, la capacidad de Nico para tomar decisiones se atrofió.

Por aquella época nació su hermano. Antes de que él llegara una mañana, envuelto en una toquilla blanca, en brazos de su madre, antes de que aquel bulto blando y arrugado le usurpara su lugar de privilegio, antes de que hiciera saltar en millones de trozos la seguridad con la que Nico se confortaba en el orden establecido de aquella casa, en la paz contra la que se amortiguaba su vida, antes de que todo se desmoronara, antes de eso, ella no tenía por qué tomar decisiones.

Unos meses atrás, un día, su madre, acariciándose la abultada barriga con la mano abierta, le había preguntado:

-¿Qué prefieres que tengamos, un hermanito o una hermanita?

Nico dudó y dudó, cómo no, era lo habitual en ella, siempre le pasaba, pero aquella pregunta de su madre era especialmente difícil. Dudó mucho. En realidad, ella no sabía "lo que prefería". No tenía una respuesta para mamá, tal como ella esperaba, con aquella sonrisa con la que le pedía sin urgencia pero con perentoriedad. Como aún no había aprendido a mentir, se limitó a decir la verdad:

-Ninguno

-¿Cómo?

-Nadie

Y su madre se quedó en silencio, pensativa, quizás ensimismada, cogiéndole una mano que ella intentaba liberar, como si lo que acababa de oír contuviera un matiz que le costara comprender. Pero todo estaba claro, Nico no quería ni hermanito ni hermanita. Quería seguir gozando de estar a solas con sus padres, pero la acorraladora pregunta de su madre no le dejaba más que una salida: "Ninguno. Nadie". Si ella había decidido tener un hermanito, había sido su elección o la de papá, en ningún caso de ella. Se lo debían preguntar entre ellos y dejarla tranquila. Ella no prefería nada. Como estaba, estaba bien, no quería cambios.

Pero ya era tarde. Aquella barriga redonda en la que su madre le hacía apoyar una oreja mientras con su mano le tapaba la otra -"¿Lo oyes, lo oyes?"- confirmaba que su respuesta -"Ninguno. Nadie"- no era la correcta, que se equivocaba al responder o al elegir o al actuar, lo que habría de convertirse en una constante en su vida.

La cabeza de la oboísta se atora con esos pensamientos mientras recorre por última vez el trecho que separa el L'arc en ciel de su casa -se acabó el jazz-, con el estuche del oboe a la espalda, como si fuera una mochila, en una noche de verano en la que Nico se sorprende de tener tan poco miedo a que aparezca un chorizo y le quite lo único que posee. Hasta los chorizos -se dice- deben de estar descansando en las playas, tan fresquitos, tan relajados, con sus parejas, sentados en las terrazas por las noches, tomando cañas y gambas.

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