Juan José Morillas

Un templo para la Esperanza

El autor repasa el hito de la construcción de la basílica hace 75 años

LOS macarenos de los años treinta del pasado siglo ya vislumbraban que la devoción a la Virgen de la Esperanza se incrementaría progresivamente hasta llegar a límites impredecibles, por lo que su ubicación en la capilla propia de la parroquia de San Gil, desde su llegada del cercano convento de San Basilio, en 1653, sería un inconveniente para acoger a los miles de devotos y peregrinos que acudirían en el futuro a rezar, contemplar y dialogar con la imagen que ya por entonces había trascendido las fronteras patrias por su inigualable y excepcional belleza y porque ante Ella el alma experimenta una transformación que aporta paz, sosiego, serenidad y plenitud al que con fe y amor la visita.

A pesar de los años convulsos que en esas décadas se vivieron, que culminaron con la ruptura violenta de las relaciones sociales entre los propios ciudadanos, un grupo de hermanos y algunas autoridades, partiendo del propio alcalde, Ramón de Carranza, sensibles al sentimiento de expansión que albergaban quienes querían dar una nueva y más amplia casa a la Virgen, consiguieron poner en marcha un amplio y complejo organigrama de colaboraciones, desde numerosas ciudades y pueblos de España, que hicieron factible que el 13 de abril de 1941 se pusiera la primera piedra del templo que acogería a los titulares de la Hermandad de la Macarena, como sede canónica, que sería consagrada como la primera basílica menor hispalense en 1966, aunque la capilla parroquial, en la que se ubicaba la sagrada imagen hasta 1936 y de 1942 a 1949, que sigue siendo propiedad de la hermandad, ya tenía tal consideración, igualmente adscrita a la de San Juan de Letrán de Roma.

La hermandad ha querido conmemorar esta importante efemérides para los hermanos con la celebración de una solemne eucaristía, centro vital de cualquier programa recordatorio para una corporación nazarena, presentando un planteamiento de altar que, en parte, recordaba estampas de antaño, como las velas rizadas en el camarín, escoltando a la Santísima Virgen y la junta de gobierno portando las tradicionales hachetas, verdadero símbolo para los asiduos macarenos a las sabatinas, como muestra de la indisoluble unión que ha de haber siempre entre todos aquellos que proclaman abiertamente ser hijos de la Esperanza.

Pero la celebración, primera en orden a las que se sucederán a lo largo del presente año, pues en octubre se cumplen los 50 de la consagración como basílica menor y en noviembre la llegada del breve pontificio con la citada declaración, no ha de quedar en los extraordinarios cultos previstos ni en el resto de actividades programadas a tal fin, sino que tiene que trascender primero a los todos los hermanos y por extensión al resto de fieles que profesan una singular devoción a la Esperanza y que acuden -muchos casi a diario-, a su templo, para salir fortalecidos en los más profundo de su ser tras contemplarla, agradecerle tanto bien como dispensa y pedirle por sus cuitas cotidianas.

Porque el templo basilical es el testimonio fidedigno del amor desmedido de los macarenos de todas las generaciones hacia la que siempre han considerado su Madre espiritual, excepcional mediadora ante su Hijo y soporte básico de una existencia que sin Ella sería difícil de entender. Fueron los monjes basilios, los hortelanos aledaños de la muralla que circundaba la ciudad, los comerciantes del mercado de la Feria, en general la gente sencilla de un barrio humilde los que propulsaron el amor hacia una Imagen que acongoja y que a nadie deja indiferente, pues traspasa los límites de una bellísima talla. Ellos son los que pusieron la base para que otros hermanos, recibido el relevo de custodiar y velar por su Virgen de la Esperanza, fueran capaces de emprender el loable reto de construir un nuevo templo que diese cobertura a lo que pasado casi un siglo se convertiría en certero centro de peregrinación internacional.

Por ello, todos los que participaron en su génesis, conservación y engrandecimiento, cuantos actualmente se afanan por cuidar el tesoro que preserva a la más selecta joya y quienes tengan el privilegio de asumir en el futuro próximo la responsabilidad de ser garantes de este exquisito legado, junto con el resto de sevillanos y otros miles de enamorados de la Esperanza, esparcidos por cualquier rincón de España, hemos de ser conscientes del valor incalculable que la decisión de unos valientes y arrojados macarenos tuvo en aquella difícil etapa del siglo XX y que gracias a ellos, hoy y siempre podremos acudir ante Ella cada día del año, porque nos abre sus puertas y nos espera como Madre cercana y acogedora. Motivos suficientes para alegrarnos por esta compartida celebración macarena.

Y desde los muros artísticamente decorados del templo basilical y desde su identificativo atrio, el macareno tiene que seguir cumpliendo con su primaria obligación: difundir Esperanza.

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