Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

La tentación del disparate

ETA irrumpió ayer en la campaña electoral pegando tres tiros a un hombre pacífico en Mondragón delante de su mujer y uno de sus hijos. La panda de cobardes que medran bajo las siglas de ETA sembraron en un segundo la desolación y, por añadidura, interrumpieron la fase final de la principal liturgia de una democracia: las elecciones. La interrumpieron pero no la pararon. Los tres tiros, en mitad del último día de una campaña reñida, pasional y participativa, a muchos nos provocaron una dolorosa regresión. Volvimos a ser conscientes de todas las personas asesinadas; revivimos las escenas de impotencia y sufrimiento frente a las puertas de los hospitales, los llantos de la familia, los abrazos bruscos de los amigos, las ruedas de condena, la aflicción serena de la sala de duelos. Y nos volvimos a confortar pensando en la ineficacia de terror frente a la razón.

Hubo también otra retracción temporal inevitable: la regresión política. El 7 de marzo nos trasladó de empujón al 11-M y a los tres intensos días que pasaron hasta las elecciones del día 14. Había similitudes: la acción terrorista, la muerte injusta e inesperada y la interrupción drástica de las elecciones. Y diferencias, bastantes diferencias: el desconcierto inicial, la impericia en las horas centrales y el desbordamiento. Nos ha costado cuatro años superar aquel episodio, no sólo el atentado en sí mismo sino las consecuencias políticas.

Ahora tenemos experiencia. Fueron tres días, los de marzo de 2004, llenos de errores, de exageraciones y de torpezas. Creo que todos, principalmente la clase política, aprendieron. Nada de lo que se hizo en aquellos momentos, minuto a minuto, fue transitorio. Cada acción, cada palabra fue luego analizada con una meticulosidad obsesiva en busca de una razón para entender los comportamientos.

Los partidos, y los ciudadanos, hemos vivido con una rara intensidad la campaña de 2008, pero ese ímpetu, que es prueba de salud democrática, se puede desbordar en unas circunstancias distintas o adversas. Durante días hemos interpretado todos los acontecimientos públicos en clave electoral. Cualquier circunstancia era susceptible de ser descifrada interesadamente a favor un partido y otro. Y es complicado contener ese vértigo. Pero con la muerte violenta no vale. Ese debe ser el objetivo de aquí a mañana. La tentación de disparatar es altísima; los energúmenos son gentes de inspiración fácil y además tienen todavía muchas horas por delante. Ayer, por fortuna, hubo quien se mordió la lengua a tiempo. La única respuesta política que cabe es votar. Votar con rabia, con determinación e incluso con un dolor profundo, pero votar.

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