La tribuna

Carlos Suan

La tentación de la inocencia

CON ocasión de ciertos eventos judiciales, han sido manifestadas variadas opiniones sobre posibles causas de los mismos. Y no ha sido una sola la que ha imputado al sistema la responsabilidad de lo ocurrido, aunque cabría matizar entre aquellas que consideran responsable al sistema exclusivamente o bien en concurrencia con otras causas. En cualquier caso, imputar al sistema, tras el cual o formando parte de él, se encuentra la Administración, no resulta extraño. Sin embargo, es procedente observar, de un lado, que las insuficiencias del sistema son ciertas, claras y concretas y, de otro, que normalmente se ha venido prestando mayor atención al hecho de dictar sentencia que al de ejecutarla, incluso por el propio Legislador, puesto que hemos tenido que esperar al año 2000 para tener una regulación más sistemática y detallada del proceso de ejecución civil. Por ello, puede resultar injusto concentrar en una persona lo que no es sino una situación generalizada de retraso ( civil y penal ).

Ocurre que, ante acontecimientos desgraciados, suele desaparecer, o casi, la responsabilidad personal, para atribuir la causa de lo ocurrido al sistema, lo que correlativamente supone afirmar la inocencia de aquél o aquéllos que están cercanos a los hechos acontecidos. Surge así lo que Bruckner ha denominado "la tentación de la inocencia", de modo que se pretende endosar la reparación de todos los males a un tótem estatal poderoso y malvado, al mismo tiempo que se reclama el repliegue total de dicho Estado. La inocencia y la victimización del yo, frente a la responsabilidad universal del otro.

Parece conveniente acercarnos a la idea de responsabilidad, que es la que nos constituye en sujetos morales, ya que la libertad se puede ejercer de muchas maneras, aunque ciertamente sea difícil vivir libres de prejuicios e ignorancias. Lo primero es separar responsabilidad y culpa. La conexión entre ambas puede estar refiriendo la responsabilidad al pasado, o sea, se trataría de saber a quién o a quiénes hay que atribuir lo ocurrido y sus consecuencias. Además, la responsabilidad mira, también, hacia el futuro, puesto que se trata de acertar con aquello que debemos decir y hacer de cara al mismo.

Tampoco nos satisface relacionar responsabilidad con deber. Y aunque la Ética de los Deberes tiene su importancia, nos resulta más grata una Ética de las Virtudes. Inmediatamente tenemos que añadir que, más que teorizar sobre las virtudes, interesa ser virtuoso, practicarlas, como decía Aristóteles. Dicho esto, es frecuente hoy distinguir entre una Ética Mínima, informada por la justicia, y una Ética de Máximos, informada por lo bueno, por aquello en que concretamos nuestra felicidad. La primera haría referencia a lo mínimo que es necesario para convivir, y que sería exigible a todos los miembros de la comunidad, mientras que la segunda estaría contemplando, no tanto lo justo como aquello que cada uno considera bueno, sus ideales, en el bien entendido que éstos, incluidos los religiosos, no pueden imponerse a los demás. Pues bien, entre ese mínimo necesario para convivir se encuentra la profesionalidad, como también la tolerancia, la solidaridad e incluso el patriotismo(absurdamente se ha pasado del "todo por la patria" al "nada por la patria"), entre otras virtudes civiles.

La responsabilidad implica un hacerse cargo. Vinculemos responsabilidad con profesionalidad. V. Camps nos dice que Aristóteles entendía por virtud un modo de ser por el cual el hombre se hace bueno y por el cuál realiza bien la función propia; implica también un término medio determinado por la razón y por aquello que decidiría el hombre prudente, aquél que distinguiría sagazmente entre lo que favorece y lo que estorba. A. Cortina advierte que la expresión profesionalidad se liga cada vez más a la responsabilidad con que alguien ejerce la tarea con la que se supone que contribuye al bien social. Y añade que la profesionalidad, entendida como la predisposición a ejercer la propia actividad social con capacidad, aplicación y sentido de la responsabilidad y la justicia, es una virtud moral indispensable para construir una sociedad justa y buena, y concluye manifestando que una buena sociedad, aquella en que las gentes persiguen sus planes vitales concretos, compartiendo unos mínimos de justicia en cuya defensa se comprometen, necesita personas responsables en el ejercicio de sus tareas, conscientes de que su trabajo es importante para el éxito común y dispuestas a llevarlo adelante con seriedad.

Relacionemos, pues, responsabilidad con profesionalidad, sin imputar al sistema todo o casi todo lo que ocurra, sin perjuicio de reconocer las concretas implicaciones de aquél. No hagamos juicios mediáticos que obstaculizan el derecho a una eficaz defensa. Seamos conscientes de que ser un buen profesional es difícil.

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