La ciudad y los días

Carlos Colón

La terrible inducción ambiental

TEMO más la inducción o impregnación ambiental que la imposición, la propaganda o cualquier otra forma de imposición de ideas, creencias, costumbres o valores. Porque estas utilizan medios tan claramente coactivos que generan mecanismos de resistencia y desvelan su intención infame: lo bueno no se impone, se ofrece razonadamente. Pero la inducción ambiental, en cambio, coacciona sin que se sea consciente de ello; se asume como si fuera un íntimo convencimiento y no una imposición; impregna los discursos y actitudes hasta invadir la cotidianidad y camuflarse en ella como normalidad; parece no actuar verticalmente, imponiéndose de arriba abajo, sino horizontalmente, circulando de igual a igual y propagándose a través de infinidad de focos -mediáticos o interpersonales, revestidos de autoridad intelectual, rigor científico, atractivo seductor o confianza amistosa- como algo razonable compartido por la mayoría; hace parecer sensato lo insensato, racional lo irracional, filantrópico lo inhumano, compasiva la crueldad o aceptable lo inaceptable.

La inducción o impregnación ambiental es lo que hace posible que se acepte como normal la persecución de los disidentes, la segregación de los diferentes, el exterminio de los considerados inferiores; lo que hace que parezca normal divertirse con la lucha de los gladiadores, quemar herejes, esclavizar negros, ejecutar en público o tras los muros de los presidios, explotar obreros, exterminar judíos; lo que convierte en cómplices activos o pasivos y en verdugos por acción u omisión a los ciudadanos normales, honrados padres y madres de familia, buenos hombres y mujeres incapaces de matar una mosca pero muy capaces de consentir que se asesine, explote o humille a otros seres humanos. Sin ser del todo conscientes, en la mayoría de los casos, de que están tolerando lo intolerable como si se tratara de algo normal. Y lo peor es que, desgraciadamente, lo es: normal es una palabra ambigua que carga de connotaciones positivas lo que sólo es general o mayoritario u ocurre siempre o habitualmente, por lo que no produce extrañeza, con independencia de su bondad o maldad.

Temo por ello la inducción ambiental que ha hecho que en otros países democráticos europeos, y ahora en una España devastada por una crisis educativa que afecta también a lo sexual, se considere normal dar muerte, sin graves causas objetivas, a un feto sano en el seno de una mujer sana. Y aprecio a quien, sin vociferar, sin dejarse llevar a posturas extremas contrarias, sabe pensar por sí mismo y resistirse a esta inducción. Como Joaquín Manuel Montero.

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