El tránsito

Eduardo Jordá

El otro terrorismo

DE todas las cosas horribles que nos pueden pasar en esta vida, la peor de todas es la que han vivido los padres de Mari Luz Cortés. Durante estas últimas semanas, mis hijos no paraban de hablar de la niña de Huelva, y se alegraban mucho cuando se decía que había sido vista en algún sitio, y luego se entristecían cuando se demostraba que todo había sido una falsa alarma. A veces, cuando oía que alguno de mis hijos daba vueltas en la cama, inquieto y sin poderse dormir, sabía que estaba pensando en Mari Luz. Cuando yo tenía ocho o nueve años, en Palma, mi ciudad natal, ocurrió un suceso muy parecido: una niña fue raptada por un demente (en aquella época se les llamaba así) y poco después su cuerpo apareció flotando en la bahía. En la ciudad no se hablaba de otra cosa. Por las tardes, mis hermanos y yo nos reuníamos en la terraza y nos poníamos a mirar el mar. Estábamos asustados, necesitábamos hacernos compañía y buscábamos, sin atrevernos a decirlo, una respuesta a la pregunta que no nos podíamos quitar de la cabeza: "¿Cómo puede pasar algo así? ¿Es que "esto" también se lo hacen a los niños?"

Cuando escribo esta columna, todavía no sé sabe qué le pasó a Mari Luz Cortés, pero todo apunta a que su muerte no fue un accidente. Y esta muerte es una más en una larga cadena de muertes. Dentro de poco morirá otra mujer a manos de su ex pareja, y luego otra adolescente desaparecerá de su casa, y luego otra niña será raptada en otro sitio, y todos pensaremos durante unos días en esos nuevos nombres hasta que vayamos olvidándonos de ellos, ya que todo lo que ocurre con regularidad, por desagradable o espantoso que sea, acaba convirtiéndose en una cosa que aceptamos como inevitable o incluso normal. Así que hablaremos mucho de los terroristas de ETA o de la yihad islámica, pero nos olvidaremos de los otros terroristas que sólo actúan contra las mujeres y las niñas, y viven en sus mismos barrios o en su propia casa, y usan piedras o cuchillo en vez de bombas y disparos en la nuca.

Nos guste o no, estos criminales tratan a sus víctimas con mucha más crueldad que cualquier terrorista, aunque nuestra legislación no se atreva a llamarlos por el nombre que se merecen y los considere unos criminales ordinarios. Un país sensato -aunque éste, desde luego, no parece serlo- cambiaría las leyes para que estos asesinos no pudieran disfrutar de ninguna clase de beneficios penales ni penitenciarios y les impondría penas mucho más duras de las que ahora reciben. Ya va siendo hora de que sean tratados de acuerdo con la maldad y la perversidad de sus crímenes, porque hoy por hoy, en España, no existe una justicia adecuada al dolor y al sufrimiento que han padecido estas niñas y estas mujeres. Pobre Mari Luz.

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