la ciudad y los días

Carlos Colón

No son tiempos para jugársela

EN los tiempos modernos España ha esperado de Cataluña racionalidad en la política y realismo burgués en la economía; europeísmo en sus planteamientos nacionales e internacionales; cosmopolitismo cultural capaz de enriquecer la gran tradición cultural catalana y española. Y Cataluña se lo ha dado, muchas veces. Los españoles se lo hemos agradecido hasta con demasía. Para mi generación Cataluña era la tierra de la gran promesa para miles de trabajadores, y Barcelona, la gran ciudad europea de España, muy por encima de Madrid: la ciudad de los quioscos de las Ramblas que parecían librerías y no cerraban en toda la noche, del Liceo, del Palau, de la nova cançó, de las películas de Barcino Films y de la Escuela de Barcelona, del Boccaccio, del Planeta, del Nadal, de Tusquets, de Barral…

Pero junto a estas virtudes y dones que tanto le hemos agradecido, Cataluña también ha tenido la mala costumbre de ponerse independentista en los peores momentos de la historia de España. A Companys le dio por proclamar el Estado Catalán en octubre de 1934, durante la huelga general revolucionaria. Hombre sensato, es posible que como a su minúsculo heredero actual le convencieran para cabalgar sobre el tigre nacionalista radical en el peor momento posible. O quizá por ser el peor momento posible: el nacionalismo es cobarde y suele tirarse al cuello del Estado cuando lo ve en apuros. Ningún bien hizo a la República, como tan amargamente constató Azaña, quien, tras celebrar el Estatuto de Autonomía, acabó escribiendo: "Repetidamente le he dicho al presidente del Consejo y al Gobierno en pleno que las gentes de la Generalidad, mal avenida con su fracaso, con la impopularidad resultante y con el rescate de servicios, tratarían de mover un conflicto, en cuanto hallasen pretexto para hablar de la catalanidad ofendida, o de las libertades holladas, etc. etc., y una ocasión propicia".

Una República finalmente derribada, una dictadura y una transición después, en plena democracia autonomista, Cataluña aprovecha otra vez el peor momento posible para hablar de catalanidad ofendida y libertades holladas. Todos, ellos también, sabemos que es mentira. Pero la mentira es consustancial al nacionalismo de cualquier signo. Artur Mas, infinitamente peor político que Companys, se ha montado en el mismo tigre. "Son tiempos de jugársela", ha dicho tras anunciar la convocatoria de elecciones anticipadas. Pues no, mire usted. No son tiempos para jugársela. Todo lo contrario. 78 años después del nefasto 6 de octubre de 1934, Cataluña intenta repetir la jugada aprovechando que España está con el agua al cuello (y muchos españoles hasta bajo ella).

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