La ciudad y los días

carlos / colón

La tierra de las libertades

POBRE Inglaterra! No le bastaba con sus complejos problemas internos para mantener su identidad y su gloriosa tradición de libertades en el complejo mundo de la globalización y los desafíos de la inmigración. No le bastaba con la caída de una parte considerable de su juventud en la ignorancia o el desprecio de sus valores. No le bastaba con la amenaza del Brexit, respuesta equivocada a los anteriores problemas. Y no le bastaba con que, con el pretexto del Brexit, vuelva a aflorar la vieja anglofobia que en España inflama los discursos de algunos opinadores y tertulianos como si estuviéramos en los Años Triunfales de la pérfida Albión. Hasta piratas, en la más añeja tradición española, he oído llamarles estos días.

Y si todo esto no le bastaba le tenía que sobrevenir el asesinato de la diputada laborista Jo Cox. Inglaterra siempre supo tener los extremismos políticos bajo mínimos, porque no están en su cultura. Curiosamente los impulsores del siempre fracasado comunismo o fascismo británicos pertenecieron a la élite social e intelectual; como el nazi Sir Oslwald Mosley, hijo de un baronet y yerno Lord Curzon o, en el lado opuesto, los Cinco de Cambridge, elitista grupo de espías comunistas que incluía al historiador del arte Sir Anthony Blunt, asesor personal de la Reina. La democracia más estable y antigua de Europa no ha sucumbido nunca a los virus continentales. Ya saben: Lenin, Mussolini, Stalin, Hitler y compañía.

A diferencia del continente, el Reino Unido no es dado a magnicidios y asesinatos políticos. El terrorismo irlandés y el islámico han sido sus mayores azotes. Los asesinatos de Lord Monuntbatten en 1979 y de los diputados conservadores Sir Anthony George Berry e Ian Reginald Edward Gow en 1984 y 1990, perpetrados por el IRA, fueron los últimos más destacados. El primer atentado islamista contra un político se produjo en 2010, cuando Roshonara Choudhry, estudiante vinculado a Al Qaeda, acuchilló al diputado laborista Stephen Timms. En el caso de Jo Cox aún no se sabe si era un loco, un fanático nacionalista o las dos cosas. Ojalá el Reino Unido siga en el UE, pero sin que el virus continental de los extremismos (FN francés, PVV holandés, KNP polaco, Amanecer Dorado griego, Movimiento Cinco Estrellas italiano o FPÖ austríaco por un lado y Podemos o CUP españoles, Die Linke alemán, Syriza griego o la creciente violencia antisistema) la contagie.

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