Cosas que pasan

Ricardo Castillejo / Rcastillejo@grupojoly.com

A ella le tocó la lotería

ADORO el cantar con el que hoy nos hemos levantado. Conectar la televisión o la radio y escuchar el trino de los pequeños ruiseñores de San Idelfonso supone retroceder, como poco, veinticinco años atrás. ¿Tantos tengo encima? "Y alguno más", me avisa la traidora conciencia. Pero, aunque lo de hacerme mayor me dé rabia rabiña, en el fondo sé que, cumplir uno nuevo, es como si te tocara la lotería. A mí, por llegar, no me importaría nada superar los ochenta. Y si los alcanzo con la misma buena forma que la reina de Inglaterra, mejor que mejor. Porque hay que ver, con todas las cosas que le han pasado, lo bien que está Isabel. En conserva, como el atún.

Ha sobrevivido a los divorcios de sus hijos mayores; a los rumores de homosexualidad del pequeño; al disgusto de aceptar a su nuera, Camila; a las locuras de Sarah Ferguson; a las chiquilladas de sus nietos Guillermo y Enrique; a los escándalos de su hermana, la princesa Margarita; a los chistes acerca de la afición de su madre a la ginebra y a los jocosos comentarios que, respecto a sus bolsos de mano, se propagan como la pólvora. Sin embargo, la mecha de la bomba que más daño ha hecho a su impertérrita imagen fue la que prendió Diana de Gales, la única que logró, en vida y después de la vida, que su majestad bajara del trono para acercarse a ese pueblo inglés que con tan malos ojos la contemplaba.

Manos frías, corazón caliente. Por eso suele llevar guantes Isabel II. Para que nadie descubra que, bajo su aparente frialdad, se esconde una mujer como las demás, que padece pero también siente. Y si no, ¿cómo se explica que lleve sesenta años casada con su marido, Felipe de Edimburgo?

Conforme se va uno haciendo más viejo, es la propia edad el mérito que parece más se le reconoce pero, en este caso, es evidente que existe alguno más. Aunque sólo sea, después del listado antes desgranado, seguir al pie del cañón y dejar así claro que, a Carlos, le queda bastante por sucederle en el cargo. Es más, ¿le llegará la oportunidad algún día o se trata del eterno jugador al que nunca nada le toca?

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