La ciudad y los días

Carlos Colón

En torno a 'Vértigo'

EL jurado del Festival de San Sebastián de 1958, celebrado entre el 19 y el 29 de julio, integrado por los realizadores Luis García Berlanga, Anthony Mann y Vittorio Sala, la actriz y realizadora Ana Mariscal, y los productores Charles Delac y Fritz Podehl, otorgó la Concha de Oro a la hoy olvidada ópera prima del poco recordado realizador polaco Tadeusz Chmielewski Ewa chce spac; y la Concha de Plata a Rufufú de Monicelli y Vértigo de Hitchcock, que también obtuvo -compartiéndolo James Stewart con el Kirk Douglas de Los vikingos- el premio a la mejor interpretación masculina. No sonrían porque una olvidada película polaca le arrebatara la Concha de Oro a dos películas hoy consideradas obras maestras. Que Vértigo se llevara dos premios, aunque fueran de segundo rango y compartidos, dice mucho de aquel jurado.

Cuando el 29 de julio de 1958 Vértigo recibió sus dos premios en San Sebastián hacía dos meses y medio que la película se había estrenado en Estados Unidos -el 9 de mayo: ayer se celebró su cincuenta aniversario- sin éxito de taquilla ni de crítica. "Cubrió gastos", dijo Hitchcock a Truffaut. La causa de su relativo fracaso no se explica por el habitual tópico de que se anticipó a su tiempo, sino por lo contrario: su juego manierista con el cine clásico y su irrealidad gótica chocaron con el gusto del público y la crítica por el realismo y la modernidad anticlásica.

Cincuenta años después, Vértigo está considerada una obra maestra, en la última actualización del listado del American Film Institute ha subido 53 puestos hasta alcanzar el noveno lugar, y su popularidad es tanta que la compañía A friend in Town de San Francisco ofrece visitas guiadas a los lugares en que se rodó, como la Misión Dolores, Fort Point bajo el Golden Gate o Nob Hill.

Lo explica que la "extraordinaria precisión visual" que Scorsese admira en ella haga nacer, como un sueño, la más trágica y oscura historia de amor imposible que el cine haya contado. Nunca un cineasta diseccionó sus más escondidos sentimientos con un corte tan preciso de bisturí. La íntima exasperación que obligó a Hitchcock a retorcer el lenguaje del cine clásico se expresa en la nota que él mismo escribió a mano en la última página del guión: "Él la sujeta firmemente, con desesperación. El beso termina pero ellos permanecen juntos, abrazados; los ojos de Scottie están llenos de dolor y de la emoción de odiarla y de odiarse a sí mismo por amarla de ese modo".

Hablaba de él mismo, de su secreta pasión por Grace Kelly y de su obsesión por recrearla -como Scottie a Madeleine- a través de otras actrices.

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