La ciudad y los días

carlos / colón

o tra página de gloria macarena

LÁGRIMAS antiguas en la Campana, decía ayer, mientras entraba la Esperanza parando los relojes. Acababa de sonar Pasa la Macarena. Sentada junto a su hija Esperanza en las sillas que fueron de su suegra doña Esperanza, estaba Esperanza Rivero, la guapa mujer del capitán Pepe García, recibiendo los cariñosos homenajes de los armaos y de los cirios morados y verdes con digno aire de matrona romana; y lloraba -¡no iba a llorar!- viendo a su hijo Fernando en la presidencia del palio de la Esperanza y a su hijo Pedro llevando en brazos a su nieta Esperanza vestida de nazarena.

Levantá. "¡Cielo!". Macarena de Cebrián. Saeta. Ovación. Esperanza Macarena de Morales. Esperanza madre y Esperanza hija viendo a su nieta Esperanza en las sillas de la abuela Esperanza. Centenario de la corona. Resurrección del tisú. Y el fiscal del palio andando ante él, en plena Campana, con su hija en brazos. De milagro la presidencia no se levantó los antifaces, escudo bien visible sobre la frente y terciopelo sujeto por alfiler con cabeza de perla, para que Serrano le hiciera una foto. Parecía que se acababa de recoger la corona en la Joyería Reyes, que el manto de tisú estaba recién salido del taller de Juan Manuel y que la moza de San Gil estaba a punto de estrenar esos 19 años que Joaquín Caro desveló que cumple por abril. De Sentencia a Esperanza revivió en la Campana la gracia y la elegancia del señorío popular sevillano.

Después, al romper el día, vino la gesta épica. Y Sevilla entera admiró la lección de seriedad de esta cofradía alegre. Llanto de armaos en la Anunciación al ver a su Señor de la Sentencia con el capote, más entregaíto que nunca. El palio enmarcado en la puerta del Salvador y bajando la rampa. Los breves capirotes apretujados ante él como una estampida de pingüinos verdes. El Carmen de Salteras engarzando marcha tras marcha sin descanso. Los armaos llorando como niños y tocando como hombres mientras el misterio, tan trágicamente poderoso, devoraba a largas zancadas la calle Feria. Maestría de Antonio Santiago, Sanguino y Eliso. Coraje y arte de los costaleros que llevaron los pasos de la Sentencia y la Esperanza, sin descomponerlos, en hora y cuarto a la Basílica. Sacrificio de los nazarenos. Y el Señor y la Virgen en su casa. La Hermandad de la Esperanza Macarena, la que siempre convierte el mal en bien, escribió con esta lluvia inoportuna otra de sus páginas de gloria.

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