el medio centro

Carlos Izquierdo /

Unos por otros, el traje sin coser

El problema reside en que el COE prima el beneficio económico a un bien superior como la imagen del país

Afalta de competición y obviando la canibalización que el fútbol protagoniza con respecto a los Juegos Olímpicos -a veces sería deseable que cualquier rojita no obtuviera el pase para un acontecimiento como éste dado su carácter distorsionador con el resto de deportes-, redes sociales, tertulianos de toda clase y condición y público en general hablan y no callan sobre la imagen estética del equipo que representará en Londres a todo un país llamado España.

Sobre todos ellos, eso sí, los dos extremos de la cuerda inmersos en un sinsentido de muchos reproches y pocas explicaciones. Por un lado, la Asociación de Creadores de Moda de España (cuyas siglas son ACME y no es broma) brama porque ninguna empresa nacional ha sido la adjudicataria del diseño. Lo que no explican es por qué ninguna firma española se dirigió al COE en algún momento entre los años 2006 y 2010, cuando se firmó el acuerdo con los diseñadores rusos. Por otro lado, el máximo organismo olímpico, que defiende las prendas alegando que es la primera vez que reciben por las mismas unos ingresos que ninguna empresa española se planteó asumir. Lo que no explican es por qué no se convocó un concurso público y por qué se ha ocultado hasta que ya era tarde la presentación de los polémicos modelos.

El problema no es que los trajes sean de una firma extranjera, ya que, de hecho, desde 1988 sólo en Barcelona (Kelme) y en Sidney (Fumarel) la vestimenta fue Made in Spain. El problema reside en unos diseñadores que encuentran en los Juegos Olímpicos un altavoz perfecto para exponer sus lamentos cuando en realidad no se ocuparon de ello en ningún momento de su existencia. Dejación de funciones se llama. El problema reside en un Comité Olímpico Español que prima el beneficio económico a un bien superior como es la imagen que proyecta un país en el mayor acontecimiento televisivo del mundo. El problema reside, básicamente, en que los trajes, se mire por donde se mire, son extraordinariamente feos.

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