La tribuna

Alberto Priego Moreno

La transición de Egipto

EL malogrado y vilipendiado Samuel Huntington nos proporcionó entre otras muchas cosas la idea de las olas y contra-olas de democratización. La primera vino antes de la Primera Guerra Mundial, la siguiente tras la Segunda Guerra Mundial y la Tercera coincidiendo con la caída de los regímenes comunistas de Europa del Este. Sin embargo, en los últimos años hemos vivido algunos acontecimientos que, si bien aún nos falta perspectiva para analizarlos con precisión, bien podrían ser considerados como una cuarta ola de democratización (el Líbano, Serbia, Georgia etc...) ¿Cuáles serían las características de esta nueva ola? Y lo más importante, ¿es Egipto la cresta de la esta nueva ola?

En primer lugar, podríamos hablar de los procesos que se han venido a llamar revolucionarios. Si bien es cierto que cumplen con los criterios establecidos por Hanna Arendt para calificar a cualquier cambio social como Revolución, también es cierto que no todos los procesos que se han producido en este periodo son tal. De hecho, sólo aquellos que cumplen con los dos requisitos de Arendt -búsqueda de algo nuevo y ansias de libertad- han tenido éxito y se han mantenido en el tiempo.

En segundo lugar, estos procesos han sido impulsados por la comunidad internacional instigando a las masas a través de un "enriquecimiento" de la sociedad civil. En este punto no sólo debemos tener en cuenta la acción de gobiernos, sino también el apoyo de think-tank, varias ONG o incluso empresas tecnológicas que se han mostrado fundamentales para su éxito.

En tercer lugar, debemos decir que la democracia y el respeto de los derechos humanos se desvincula de cualquier ideología apareciendo como un valor supremo considerado por la comunidad internacional como un elemento de estabilidad a largo plazo, aunque no exento de riesgos.

El caso de Egipto se muestra como el máximo paradigma de esta nueva ola, ya que cumple con todos y cada uno de los requisitos anteriormente establecidos. En primer lugar, se trata de un cambio social revolucionario, ya que por un lado es un proceso que está guiado por las ansias de libertad del pueblo más culto del mundo árabe -el egipcio- y que por el otro busca algo que nunca tuvo: una verdadera democracia.

En segundo lugar, no podemos ser ingenuos y debemos interpretar este proceso como un deseo de los principales líderes mundiales por acabar con unos regímenes autoritarios -los del Norte de África- que son la principal fábrica de yihadistas del mundo. A nadie se le escapa la gran acogida que ha tenido la revuelta egipcia en las cancillerías europeas y sobre todo en el Departamento de Estado norteamericano. A esto hay que sumar la amistad que une, desde hace ya algunos años, al presidente Obama con el líder opositor El Baradei.

Por último, no podemos olvidar el proceso de desideologización que viven los regímenes democráticos. Lejos quedan aquellos tiempos en los que la democracia y los derechos humanos eran considerados un valor occidental, liberal o capitalista. Hoy, está claro que las democracias son un bien en sí mismas y que no importa el color del gobierno. El mejor ejemplo son los discursos pronunciados por Condolezza Rice en 2005 en la American University de El Cairo y de 2009 de Barack Obama en la Universidad de Al-Azar. En ambos casos el mensaje de aliento al pueblo egipcio en particular y al árabe en general era claro: no volveremos a apoyar a las dictaduras, y en cambio apoyaremos a cualquier democracia.

Sin embargo, no podemos ser ingenuos y debemos tener en cuenta que la situación en Egipto se irá complicando poco a poco. Mubarak ha decidido sacar a las calles a sus hordas para sembrar el terror y provocar que la gente retroceda en sus pretensiones de libertad optando de nuevo por la seguridad que les garantizaba el dictador. A esto se le une el fantasma del 79 iraní, es decir, que en medio de este caos generalizado emerja la única fuerza opositora organizada en el país: los temidos hermanos musulmanes, que hasta el momento se han quedado en un segundo plano.

A pesar de este riesgo debemos valorar positivamente las revueltas que brotan en todo el mundo árabe. Los que en el pasado negaron que Alemania, España o Polonia pudieran ser una democracia son los mismos que llevan años diciendo que el islam es incompatible con la democracia. A todos ellos el pueblo árabe les ha contestado: Yes we can.

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