La Noria

La tristeza de los cócteles

Zoido retoma su interminable campaña electoral reduciendo el escenario municipal a la elección entre su candidatura o la de la "minoría extremista" que, a su juicio, representa la coalición Izquierda Unida

ABorges le preguntaron en una ocasión: "¿Usted se considera conservador o revolucionario?". El escritor respondió alegando que se veía a sí mismo igual que su padre. Como un anarquista spenceriano. O lo que es igual: un individualista al que le repugnaba cualquier tipo de violencia. Su visión sobre la clase política está marcada por tal circunstancia. No tiene desperdicio:

-"Los políticos", argumentaba, "son hombres de hábito".

Y proseguía sin pestañear, con la susurrante cadencia del porteño.

-"Han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad. Un político nunca es sincero. Debe fingir todo el tiempo, simular cortesía; debe someterse melancólicamente a los cócteles, a los actos oficiales y a las fechas patrias".

El gran hallazgo poético de estas palabras, indudablemente, es el concepto de la tristeza de los cócteles. ¿No la han sentido alguna vez? Es esa melancolía que un buen día, antes o después, termina cercando no sólo a ciertos hombres públicos, sino inundando a cualquiera que entre ser y parecer elige transitar éste último sendero. Algo extraño que hace que te preguntes a solas: "¿Qué diablos hago yo aquí?".

Los políticos actuales rara vez se formulan esta duda. No pueden. Su oficio, según se infiere del juicio del escritor argentino, consiste en ir por la vida disfrazados. Simulando lo que quizás no tengan. Amplificando lo que poseen en dosis limitadas. No es pues raro que la demagogia, que se sustenta esencialmente en la exageración, se haya convertido en la guía principal por la cual discurre buena parte de la vida colectiva, el teatro social de ese sitio -el mundo cercano- que en nuestro caso se llama Sevilla.

La reflexión viene al caso de la noticia que el portavoz del PP en el Ayuntamiento, Juan Ignacio Zoido, ha querido vocear esta semana al anunciar su particular salida en la carrera electoral por la Alcaldía. Zoido ha querido sorprender con una singular asociación de ideas a la que llama teorema. Aunque para que tuviera tal condición debería estar sustentado en la lógica. Su planteamiento, de cualquier forma, busca trasladar al votante moderado del PSOE la idea de que si apoyase al hipotético candidato socialista -Juan Espadas- lo que cometería es un sufragio indirecto en favor de otro personaje, Torrijos, el portavoz de IU, presentado cual Júpiter tronante; culpable, al parecer, de todos los males que padece esta cándida e inocente ciudad. Un argumento político tan depurado como un cuaderno escolar.

Zoido, como todos los políticos a la caza de apoyos, pretende con su sofisma que los sevillanos le compren su evangelio. Quizás por eso ha recurrido, indirectamente, al viejo recetario bíblico. Aquello de "yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre (Alcaldía), sino por mí". En su opinión, la batalla por Sevilla se reduce a elegir entre su simpatía y la hierática efigie del Primer Teniente de alcalde. Dos caras. Ya se sabe lo que sostenía Albert Camus: "Un hombre, pasados los cuarenta años, siempre tiene la cara que se merece".

Espadas, por lo visto, no cuenta. De momento, desde luego, lo parece: la tardanza de los socialistas en lanzar a su candidato, pese a todos los evidentes guiños de las últimas semanas, permitirá al PP durante cierto tiempo mantener este discurso tan trabajado que consiste en decirle al electorado que elija entre el demonio rojo -dicho sea sin ánimo de insultar- y el hombre campechano y familiar que, también sin ofender, encarnaría el líder del PP.

La táctica, sin embargo, tiene escasísimo recorrido por ser excesivamente gruesa. Corre el riesgo de que el elector, al que hay que seducir, nunca adoctrinar, decida pensar por sí mismo y, entre el PP e IU, se interese quizás por la (neo)opción del PSOE, una vez descartado el verdadero factor distorsionante del mapa electoral y probable motivo del viento a favor que sopla en las velas del PP: el alcalde. Espadas tiene poco tiempo y un escenario difícil, pero no imposible. Viene sin herencias del pasado, por mucho que el PP quiera contaminarlo con el pretérito municipal. Si es capaz de armar una lista sólida, sin demasiadas ataduras orgánicas, puede dar la batalla. La partida, entonces, no sería ya cosa de dos, como sostiene el teorema del PP, sino de tres y de sus múltiples combinaciones. Todas ellas posibles y legales. Aquí nadie es puro: el PP siempre ha gobernado en Sevilla -lo hizo ocho años-, gracias a un pacto con una minoría. El adjetivo -si extremista, andalucista o sencillamente aldeana- es mera cuestión de gustos. Del sanedrín al que se recurra.

Lo llamativo, en cualquier caso, es el escaso nivel intelectual del debate municipal. Dicen que para ganar las elecciones hay que construir lemas sobre ideas sencillas. Mensajes sin atisbo de duda. Lo mismo hizo Monteseirín. Sevilla parece condenada a oscilar entre el pensamiento único -factor que ha terminado con la carrera del todavía regidor, al que nunca le gustó la libre discrepancia, sino de la adhesión- y el pensamiento simple, que vendría a ser el del matemático Zoido. En este punto uno siempre recuerda a Baroja y su famosa disquisición sobre la imposibilidad real del pensamiento navarro, que era el nombre de un diario carlista. "O es pensamiento o es navarro", decía. Las dos cosas se antoja imposible.

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