El tránsito

Eduardo Jordá

Las tumbas de Buta

POR alguna razón que nunca conseguiré entender, o que quizá sea mejor no intentar comprender para no extraer conclusiones desalentadoras sobre la condición humana, el mal nos fascina mucho más que el bien. Un acto estúpido de crueldad, como el incendio de una iglesia llena de mujeres y niños (cosa que ocurrió en Kenia la semana pasada), ha dado la vuelta al mundo y ha sido anunciado en todos los informativos. En cambio, no sabemos nada de la gente que en Kenia, o en cualquier otro lugar del mundo, ha hecho lo indecible por evitar el horror, tal vez a costa de su propia vida. En el fondo -me temo-, nos gusta airear todo lo malo de la vida como si se debiera a una especie de ineludible fatalismo humano. Y nos interesa demostrar que el mundo es una sopa repugnante hecha a partes iguales de crueldad y de estupidez, quizá con la esperanza de que así puedan pasar desapercibidas nuestra propia crueldad y nuestra propia estupidez, aunque sólo las ejerzamos a pequeña escala. Y por eso nos complace constatar que la vida es un cuento lleno de ruido y de furia, como balbuceaba el estupefacto Macbeth cuando veía a los árboles del bosque de Birnam avanzando hacia su castillo.

Puede ser que lo sea, pero no siempre es así. En el jardín del seminario de Buta, en el sur de Burundi, en el centro de África, hay cuarenta tumbas. ¿Quién ha oído hablar de esas tumbas? ¿Quién ha visto un reportaje sobre ellas? Muy poca gente, a lo sumo cien o doscientas personas en toda España. Y en cambio, cualquiera de nosotros sabe cuál es la última novia de un piloto de carreras o de un futbolista que ni siquiera sería capaz de explicar con claridad qué es la Seguridad Social.

En 1997, Burundi vivía una guerra civil entre dos etnias, los hutus y tutsis. A las 5´30 de la mañana, un grupo de guerrilleros hutus asaltó el seminario de Buta. Los alumnos estaban durmiendo en el dormitorio. El jefe del comando -una mujer- gritó a los seminaristas: "¡Los hutus a un lado, los tutsis a otro!". Todo el mundo sabía lo que significaba aquella orden. Aquella vez les iba a tocar morir a los tutsis, igual que les podría haber tocado a los hutus si los asaltantes hubieran sido otros. En Burundi, como en cualquier otro país de África, como en cualquier otro lugar del mundo, sólo es la casualidad la que elige a las víctimas. En el dormitorio del seminario dormían juntos hutus y tutsis. "¡Los hutus a un lado, los tutsis a otro!", chilló de nuevo la mujer. Y en ese momento, no sabemos cómo ni por qué, uno de los seminaristas se adelantó y dijo: "Todos somos iguales, todos somos hermanos". Nadie se movió a un lado ni a otro, nadie obedeció la orden. Y los mataron a todos, allí mismo o en el patio. Y ahora hay en Buta cuarenta tumbas de las que nadie sabe nada.

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