La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

De turistas, vecinos y calidades

Conciliar calidad, respeto a los vecinos y turismo de masas es difícil. Sobre todo si los regidores no ayudan

Más calidad y menos saturación en el modelo turístico exigen los empresarios sevillanos, informaba ayer el compañero Juan Parejo. Según su presidente: "La masificación no es nada atractiva. Queremos hablar de calidad, gasto medio, nuevos destinos con poder adquisitivo. Esta Navidad hemos tenido una saturación que incrementa la venta de tiques, pero no el volumen de negocio". El turismo es un bien cultural que, se supone, amplía conocimientos (aunque no deben olvidarse ni el clásico "mejor aprender latín que ir a Roma", ni el moderno "también viajan las maletas"). Y es un indudable bien económico, especialmente bienvenido en comunidades como la andaluza que no logran hacerse con otras fuentes de riqueza estables. Pero su masificación lo ha convertido también en un problema para muchas ciudades, vaciando sus cascos históricos de autenticidad y de vida para convertirlos en parques temáticos, masificándolos, alterando precios, vecindario y fisonomías hasta generar ese nuevo fenómeno de rechazo llamado turismofobia. Un problema de difícil solución e incluso, en algunos aspectos, sin solución.

¿Cómo restringir el flujo de visitantes en la era de los viajes a precio reducido? ¿Cómo proteger el comercio tradicional de la reconversión de todos los locales que sirven a la vida cotidiana de los vecinos en hoteles, restaurantes, bares, tiendas de recuerdos y locales de espectáculos? ¿Cómo impedir la huida de dichos vecinos, hartos de las bullas, los ruidos, la carencia de servicios y la dificultad de acceso o desplazados por el incremento de los alquileres para convertir las viviendas en apartamentos turísticos? ¿Cómo resistirse -porque la cartera es aún más débil que la carne- incluso a la conversión de los templos en museos casi sin culto?

Las administraciones y las instituciones pueden hacer algo; pero poco frente a la necesidad de ingresos y de creación de puestos de trabajo. Por no hablar del brillo cegador del oro que siempre encuentra nobles excusas o necesidades de conservación para justificarse. En Sevilla las autoridades no sólo hacen poco, sino que parecen empeñadas en exterminar toda vida comercial tradicional y vecinal del centro histórico, especialmente del extenso entorno de la Catedral, desde la Puerta de Jerez a la Plaza Nueva y desde el Arenal hasta Santa María la Blanca, con el barrio de Santa Cruz, cuyos vecinos se manifiestan hoy, como zona cero.

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