RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

El último minuto

UNA borrachera es necesaria, es la salutación de los sentidos al recuentro terrible de los días. Los días no son días, son la claudicación de los balances, que pueden ser de pagos y de deudas, casi siempre atrasadas, sin cobrar, porque el tiempo se marcha antes a casa. El minuto final, el de las uvas, es un minuto mágico, sin tiempo, un minuto quizá fuera del tiempo que no es de este año ni del próximo, que no es para el recuento o la fortuna, que no es para el pasado ni el futuro, un minuto que es presente puro, el único presente de las uvas. No tomar las uvas esta noche puede ser, quizá, algo terrible. Hay que tomar las uvas esta noche porque sólo tenemos un minuto, un minuto que es minuto astral, un minuto que sale de su cuerpo, que deja ya también de ser minuto para mirar más ancho y a lo lejos, para fijarse en las constelaciones de minutos finales de los años que van entretejiendo, vida a vida, año a año, una memoria exacta de últimos minutos.

Algo transcurre rápido, invisible, algo viene agitado en el champán, algo duerme acunado por las uvas: es un vino invisible, una ebriedad mágica, un poema que nunca será escrito porque entonces dejará de ser poema, de ser turbación plena, sin ocupar de nuevo su minuto, en una invocación. En el fondo, el último minuto de cada año es una invocación: pero nunca del año concluido, sino de todos esos últimos minutos anteriores, de los rostros y voces que asistieron a otros instantes últimos de asombro.

El último minuto es un asombro: ante todo lo muerto y aun lo vivo, entre todo lo expuesto a una mutación más acelerada que la vida. Esa mutación somos nosotros, ese deambular, año tras año, por el último instante de la vida, de la vida de un año en el que fuimos felices y dichosos por un día, quizá dos, como mucho, y tres como milagro inconfesable. Este minuto último, en el fondo, es una plenitud: podemos observar, como un paisaje, toda nuestra vida en derredor, todo lo que fuimos y seremos, si afilamos la vista y el punzón hurga por debajo de la piel. Somos, especialmente, una piel; también la piel de las uvas, adherida a los labios, más tarde al paladar, hendida en la garganta como un resto suave de un minuto. Más allá del minuto, el mundo pasa, transcurre y se corrompe, continua, es cada vez menos inasible.

La vida se comprende en un minuto, el último minuto en que sentimos que ya lo hemos vivido en otros ojos.

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