PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

El único coche eléctrico

LO vi un martes de agosto mientras aguardaba a cruzar el semáforo más cercano a casa. Un coche eléctrico, modelo Renault Twizy, matriculado y en marcha, circulando a 30 por hora, la misma velocidad que el resto de vehículos con motor de carburante. No era un coche de demostración y propaganda ecológica sino un miembro más del parque automovilístico, con toda naturalidad lo conducía su propietario. Su fugaz paso fue ese tipo de visión inesperada y sorprendente que agudiza el interés por lo nuevo. Esa primera vez que preludia el volteo del reloj de arena para medir el tiempo de transición entre su presencia insólita y minoritaria sobre el asfalto, y su triunfo como opción mayoritaria e ineludible para el transporte privado.

Busqué las estadísticas sobre matriculación de vehículos eléctricos, y en los siete primeros meses de este año sólo se había vendido uno en Sevilla y provincia. No había dudas, me topé con la aguja del pajar. En el conjunto de Andalucía, eran doce, uno menos que en el mismo periodo de 2011. Ínfima cifra. Ayer, presunto Día sin Coche, una jornada más en la que es el paro la causa de la menor densidad del tráfico, recordaba la soledad de ese primer mohicano enchufado a un nuevo modelo de movilidad cuyo despegue se ha frenado en seco. A pesar de que la gasolina prosigue su prevista tendencia alcista, y ratifica que es insostenible como fuente energética para ser mínimamente competitivos, con un precio que rebasa cotas muy gravosas para quienes se desplacen sobre ruedas a diario.

El lema de que la crisis es una oportunidad para el cambio tecnológico e industrial sufre una enmienda a la totalidad en nuestro entorno cuando se trata de un vector transversal tan relevante y cotidiano como el coche. Políticos, empresarios y ciudadanos, atenazados por las deudas y los miedos, se mudan a los refugios del inmovilismo. Un espacio en el que el futuro se aburre. Pese a su enorme potencial de negocio, no le hacen ni puñetero caso. Corre serio riesgo de morirse de pena a edad muy temprana, sepultado por la arena de un reloj desnortado.

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