La tribuna

Juan Antonio Carrillo Salcedo

Un universitario ejemplar

EL profesor Alejandro Rodríguez Carrión descansa ya en paz, tras año medio de deterioro progresivo, de sufrimiento sobrellevado con admirable dignidad y entereza por él y sus familiares.

Me es muy difícil escribir acerca de quien fue mucho más que un querido discípulo, mucho más que un amigo. Alejandro era, y será siempre para mí, un hermamigo, por decirlo con una de esas contracciones que los andaluces construimos sin querer, casi sin darnos cuenta.

Hacia el hermamigo tenemos todos los sentimientos de la fraternidad y, a la vez, los de la amistad: hablamos bien de él; queremos todo el bien para él; nos sentimos solidarios con él; cooperamos con él; y, con delicadeza, intentamos ayudarle a ser como él quiere ser y es.

Alejandro fue uno de mis primeros discípulos en la Universidad de Granada en los años finales de la década de los sesenta y comienzos de los setenta del pasado siglo. Allí tuve el privilegio de dirigir su tesis doctoral sobre una cuestión muy discutida entonces, aunque ahora lo es aún más: la de saber cuándo es lícito y cuándo no el uso de la fuerza por los estados.

En él admiré siempre su actitud contestataria, su voluntad de poner en cuestión lo establecido cuando creía que éste era injusto. A veces resultaba incluso incordiante, y el profesor Federico Mayor Zaragoza, uno de los mejores rectores que ha tenido la Universidad española y rector de la de Granada entre 1968 y 1972, puede dar fe de ello.

Pero Alejandro sabía por qué protestaba y qué quería: libertades y derechos humanos en España y rigor científico en la Universidad. ¡Cuánto se echa de menos hoy, cuando los trepas proliferan y brillan, a esas personas sin las que ningún verdadero progreso es posible!

En la Universidad de Málaga este fueraparte -por decirlo con otra de las contracciones andaluzas- tuvo la alegría de crear un equipo de brillantes internacionalistas y, como decano de la Facultad de Derecho, la satisfacción de poner en práctica muchos de sus proyectos gracias a su esfuerzo personal y al de profesores, personal de administración y servicios y alumnos.

Una Facultad universitaria en la que todo está limpio, incluso los servicios; en la que existe una excelente Biblioteca; una Sala especial de libros antiguos; un Aula Judicial; en la que se enseña Ciencia Política; se trabaja sobre el proceso de integración europea y se aplican con rigor nuevos métodos de enseñanza del Derecho en la búsqueda siempre de la excelencia.

Un centro universitario que, por otra parte, no vive ensimismado, sino que por el contrario mantiene estrechos vínculos con todos los círculos jurídicos de la ciudad y la provincia de Málaga, así como con los medios de comunicación y los distintos sectores y actores sociales. Todo ello animado por un conjunto de profesores de las distintas áreas de conocimiento a quienes, como decano, Alejandro supo coordinar, alentar y dar ejemplo de qué es y qué debe ser una Universidad: un modo de entender el mundo, una manera de situarse ante la vida.

Desde el punto de vista intelectual, creo que Alejandro vivió siempre una contradicción: la que existe entre el idealismo y el realismo, entre las aspiraciones y las circunstancias que condicionan nuestros pensamientos y nuestras acciones.

En su tesis doctoral, por ejemplo, fue muy consciente de los límites de la prohibición del recurso a la fuerza o a la amenaza de fuerza en las relaciones internacionales que la Carta de las Naciones Unidas proclama en el párrafo cuarto de su artículo 2, pero también de lo que esta disposición contiene de profundo cambio respecto del Derecho Internacional tradicional, en el que los estados tenían la facultad de recurrir lícitamente a la guerra.

Del mismo modo, en su magnífica y magistral lección de apertura del curso académico 1999-2000, titulada El Derecho internacional en el umbral del siglo XXI, insistió en que "la misión del intelectual no debe ser presentar una visión tranquilizadora, sino más bien poner de manifiesto los elementos que amenazan el futuro, no porque sean los únicos, sino porque son los que más pueden afectar el porvenir de las generaciones venideras".

La complejidad del pensamiento de Alejandro Rodríguez Carrión, defensor de los derechos de los pueblos palestino y saharaui, así como de los derechos de los inmigrantes y de los excluidos, junto a su entrega absoluta a los valores de la justicia y la paz, hacen que no sea fácil calificarlo de esto o aquello.

¿Quién se atreve a poner etiqueta al pensamiento de Alejandro Rodríguez Carrión? Yo desde luego, no. Me limito a admirarle profundamente y tratar de imitarle.

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