En tránsito

eduardo / jordá

A utoengaño

HAY gente que atribuye eso que se llama "la deriva soberanista catalana" a la sentencia adversa del Tribunal Constitucional contra el Estatut de Cataluña. Me temo que la gente que piensa así no tiene ni idea de lo que es el nacionalismo. El nacionalismo es una especie de religión que no tiene ni un solo componente racional. Por mucho que uno intente razonar o argumentar, se encontrará con un muro de cemento que hará imposible todo diálogo. Lo sé porque nací en un lugar -Mallorca- donde se hablan dos lenguas y porque fui nacionalista cuando era joven. Y en aquellos años, yo estaba convencido de que sería más guapo, más rico y más feliz si lo que yo consideraba mi país pudiera ser algún día "libre". Y para mí, ser "libre" sólo podía suponer una ruptura total con España. Y eso mismo sucede hoy en día.

Porque la España de la que hablan los independentistas no es una entidad administrativa ni un lugar geográfico, sino un "constructo" intelectual que reúne todos los males y los vicios del mundo: la corrupción, la ineficacia, el amiguismo, las tertulias de pésimo gusto en la televisión, la mala música, los malos modos, las cabezas de gambas esparcidas sobre el serrín de un bar, en fin, todo eso. Y los nacionalistas creen -tan grande es su portentosa capacidad de autoengaño- que basta con ser independientes para que se acaben todas estas cosas. Cuando Cataluña sea independiente, en los bares donde los jubilados juegan al dominó se escuchará a Bach y a Lluís Llach y en las peluquerías se leerán novelas de Coetzee. Y gracias a la independencia seremos guapos, ricos, justos, ecuánimes, benéficos y todo lo que haga falta.

El autoengaño, por supuesto, sólo se puede sustentar en falacias. La primera es que España está exterminando la lengua y la cultura catalana, cuando en realidad nunca en su historia habían disfrutado de una salud mejor. La segunda es que España roba a los catalanes, cuando en realidad eso es una simpleza y un disparate. Y la tercera es que España no quiere a Cataluña, de modo que Cataluña, como una pobre mujer maltratada, tiene que abandonar el hogar familiar. Se trata de una afirmación estúpida, porque nadie puede contabilizar el amor -y mucho menos de una entidad administrativa-, pero repiten ese mismo argumento escritores, intelectuales, directores de cine y catedráticos de Derecho Constitucional. El problema es que no hay forma de combatir el autoengaño. Y eso es lo que hace que el independentismo sea prácticamente imparable.

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