La tribuna

Juan A. Estrada

La vaciedad del discurso político

TODO vale en las campañas. Se trata de ganar votos y movilizar al electorado propio, y, si es posible, que se abstengan los otros. Los partidos se mueven, cada vez más, en función de los sondeos de opinión, estadísticas, encuestas y otros datos sociológicos. El ritual se repite cíclicamente, con las mismas pautas y sin que cambien los protagonistas, los partidos y los ciudadanos que votan. Se sabe que lo que se dice, no tiene mucho valor, ¡las promesas electorales están para no cumplirlas! El fin justifica los medios, ¡ganar votos!, y los programas políticos no son importantes, sino el impacto del mensaje y la capacidad de comunicar y hacer propaganda. No importa que lo que se diga sea falso, distorsionado o vacío de contenido. Lo que hay que lograr es que los votantes-espectadores reaccionen y voten en función de una publicidad exitosa.

La política se llena de retórica vacía, el marketing es lo más importante, y los ataques al otro suplen la carencia de contenidos. ¿Cuáles son las diferencias fundamentales de los partidos respecto al Parlamento europeo? ¿Cuál es el programa y las leyes europeas por las que luchan? Casi nadie lo sabe, tampoco muchos de los políticos en campaña. Lo importante es hablar, no quedarse callado, y descalificar al adversario, aunque se haga lo mismo que se critica en el otro. Se puede aplicar a los políticos lo de aquel predicador: el pensamiento me falta algunas veces, pero la palabra nunca. Hablar y no decir nada sustancial es hoy la marca del buen político. Por eso, cada vez abundan más personajes políticos insustanciales, mediocridades que progresan por la fidelidad al jefe, e ineptos que ocupan los cargos y que son nombrados a dedo. Las personalidades críticas, con contenidos propios e independientes dan miedo en los partidos.

A esto se añade la desmemoria colectiva. ¿Quién se acuerda hoy de los compromisos que asumieron los partidos en las últimas elecciones europeas? ¿Quién evalúa a los partidos en función de su grado de cumplimiento de las promesas pasadas? En realidad, no interesan. En las presentes elecciones ni siquiera Europa es el tema principal. Parece como si el Debate sobre el estado de la Nación prosiguiera todavía, esta vez, a través de las disputas, ataques y contraataques en los medios de comunicación. Los temas del debate apenas tienen que ver con el Parlamento Europeo: el uso partidista de los aviones, la legislación nacional sobre el aborto, la pederastia del clero, la corrupción urbanística de los partidos, etc. Y esto, ¡con lo que está cayendo!, el paro masivo, la crisis financiera y del crédito, el papel del Banco Central europeo y las hipotecas, los problemas de la inmigración, la necesidad de unificar criterios para abordar la crisis mundial, etcétera.

La democracia es "el poder del pueblo", el sistema menos malo de contrato social, la forma más racional de ejercer el poder. El problema está en la partito-cracia, en la que los políticos se distancian del pueblo, reducido a mero elector puntual, cada varios años. Los partidos pelean por el poder, que ponen luego al servicio de sus intereses personales y colectivos. La vieja pregunta sobre quién controla a quienes nos controlan se radicaliza hoy porque Montesquieu ha muerto. Ni hay un parlamento soberano que elabore leyes en función de los intereses nacionales, aunque disgusten al Gobierno y a los jefes de los partidos; ni hay instancias judiciales que decidan independientemente de quienes les han elegido; ni medios de comunicación críticos con todos las instancias políticas, porque no dependen de ellas. La crisis de la democracia es que ha perdido contenido real, aunque exista formalmente.

El resultado es el desencanto; el crecimiento de la abstención; cada vez más ciudadanos que no se sienten representados por nadie; la creciente distancia entre el pueblo y la clase política; la impotencia ante la corrupción, etc. Hay que reformar, e incluso re-fundar, el sistema capitalista y la economía mundial, pero hay que superar también la partitocracia para que deje lugar a la democracia. Esto concierne, especialmente, a España, que ha hecho la transición democrática formal, sin pasar de una sociedad de súbditos a otra de ciudadanos. Lograr eso forma parte de la europeización buscada. No basta con crear instituciones democráticas, sino que exige, también, transformar a los ciudadanos y a la clase política. El asociacionismo independiente de los partidos, la democratización de los partidos y sindicatos, la proliferación de foros cívicos de discusión y presión social y la toma de conciencia ciudadana pueden ser algunas mediaciones para ello.

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