La ciudad y los días

Carlos Colón

¿También os vais a cargar San Pedro?

LOS sevillanos no deberíamos consentir que una de las pocas plazas medio bien conservadas que han sobrevivido a la destrucción o vulgarización de la ciudad, la del Cristo de Burgos, acabe reventada y deforestada por una boca de metro. La acosaron en la dictadura, echándole encima el horror de la calle Imagen y alzando el edificio yé-yé que ocupó el Nuevo Gran Almirante. La acosó en la Transición uno de esos relamidos edificios de neosevillanismo de recortable. La acosó en la democracia la rancia modernidad del Colegio de Arquitectos, que define bien la elasticidad ético-estética que les caracteriza al no dejar de aprovechar la agresiva altura de los pisos franquistas de la calle Imagen, cegando una de las más hermosas perspectivas de la torre de San Pedro. Así se quedó la pobre, al verse asediada por la calle Imagen y el Colegio de Arquitectos: turulata y a punto de desmayarse, con la inclinación que ahora se intenta corregir. Y acosaron por fin la plaza los señores del PA, queriendo reurbanizarla y cambiar su solería. Como entonces el PSOE estaba en la oposición y el PA gobernaba con el PP, el mismo señor delegado de Cultura socialista que después, cuando mandó el PSOE en el Ayuntamiento, dio por buena La piel sensible, el laredicidio, las catenarias, el alamedicidio y las setas de la Encarnación, se opuso a los cambios andalucistas; y la plaza se quedó casi como estaba. Así de sectarios somos. Y de pelotas. Más atornillados a los cargos que Pilatos y Herodes a los tronos de sus pasos.

Pero he aquí que esta bella plaza tantas veces acosada y agredida ve ahora emerger del subsuelo el monstruo del Metro. Porque la Junta (que es del PSOE) le ha hecho la piruleta al Ayuntamiento (que es del PSOE) y le ha dicho que de la parada de la Encarnación nada de nada. Ya es absurda y mala cosa que el Metro sólo tenga dos paradas en el centro. Pero que encima una de ellas se abra en la plaza del Cristo de Burgos, teniendo tan cerca el cadáver de la plaza de la Encarnación vestido de payaso por Jürgen Mayer, es mala leche.

No deberían consentirlo los sevillanos, empezaba diciendo. Pero los sevillanos lo consentimos todo. Linda Lovelace era una estrecha comparada con nosotros. Sobrado de razón estaba el cronista sevillano que tiene por apellido la advocación del Cristo que rotula esta plaza y por nombre Antonio, al escribir hace pocos días que en Sevilla no hay vergüenza ni amor por la ciudad; que los sevillanos lo consienten todo, transigen con todo, tragan y callan frente a esta sistemática destrucción de la ciudad. Así están las cosas, Antonio. Y dudo que cambien.

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