RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

Los valores únicos

LA comprensión, en sí, es un valor: como la tolerancia, la igualdad o el amor a los animales. Tanto la comprensión, como la tolerancia, la igualdad o el amor a los animales son valores hoy muy prestigiados en la conciencia pública, son llaves que abren la verdad de cualquier noticia, que pueden ser y son una resolución de los conflictos. Así, en cualquier colisión de lo que ocurre, se presumirá que aplicar tanto la comprensión, como la tolerancia, la igualdad o el amor a los animales son vectores únicos, unívocos, que pueden aclarar cualquier desastre. A estos valores varios podríamos añadir muchos, como la libertad de expresión o la libertad religiosa, que no dejan de ser formas de conciencia por concepto casi inapelables en un discurso público. Son valores recios, absolutos, que envuelven nuestro pensamiento comúnmente aceptado y se vindican sin poder matizarlos, ni estudiarlos, ni contemplar posibles excepciones o contraindicaciones de los mismos, que no existen.

Hay que ser comprensivo. Por sistema. Hay que entenderlo todo. También hay que tolerarlo todo, que es un signo muy civilizado de estos tiempos por civilizar, porque hemos sustituido una rigidez de los valores por otra rigidez más peligrosa: la flexibilidad total, una validación de cualquier cosa, que termina operando como autentificación continua del vacío. Hay que defender la igualdad. Pero no la igualdad de derechos, que ya se defiende sola en la Constitución, sino la igualdad completa, da igual entre qué posturas, posicionamientos, realidades, la igualdad como meta irrenunciable, por mucho que la igualdad, sin matices, sin recovecos, sin ecos y sin sombras, sin sus claroscuros apreciables, niegue la condición del ser humano. Del mismo modo hay que amar a los animales, también sin consecuencias, amarlos a lo bestia, y nunca mejor dicho, porque no hay otra forma de quererlos en este absolutismo generalmente aceptado de las verdades públicas, y todos deberíamos ser vegetarianos compulsivos.

De esta nueva forma, el pensamiento abierto termina convertido en pensamiento débil, porque se trata de aceptar los valores opuestos a los previos con la misma intensidad de dogma y de consigna muy a menudo estricta y panfletaria. Así, no es posible comprenderlo todo y algunas realidades nos exigen ser absolutamente intolerantes por más que se recubran del marchamo de la libertad de expresión o religiosa, como la no condena de actos terroristas con el pretexto salvaje de una ideología política. Nos hemos vuelto ya tan tolerantes que todo nos parece normal, pero la tolerancia sin moral no es nada como la libertad, sin ética, tampoco. Los valores únicos, este relativismo que nos amansa como un gregarismo disfrazado de anuncio de productos light, son en realidad la negación de cualquier posibilidad resolutiva, una castración de cualquier crítica. Decir que no es una afirmación: de la propia conciencia, de nuestra potestad como individuos.

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