El poliedro

Cuando tú vas,yo vuelvo de allí

Con las constructoras vendiendo joyas para mantener el globo en el aire, sólo Iberdrola será española... y vasca

LAS expectativas son un factor determinante en la evolución de la economía: tanto la inflan y le dan color, como la desinflan y la hacen palidecer. En Estados Unidos o en Alemania existe una gran tradición de medir las expectativas de los consumidores y su confianza en la marcha económica, y se le da a esto la mayor importancia a la hora de orientar la política económica y las estrategias de las empresas. En España, su uso es más incipiente: el índice elaborado por el ICO desde 2004 ha alcanzado en julio su nivel más bajo desde entonces. Las expectativas, las percepciones, la subjetividad compartida por muchos son un vector básico de un sistema cuya resultante es el rumbo económico. Se nutren de las malas rachas y las realimentan a su vez. Y viceversa en las buenas rachas.

Si muchos esperan que algo pase, ése algo parecerá más probable a los ojos de todos. Por ejemplo, que los precios de las casas -hasta hace unos meses- o los del petróleo -ahora- suban, y se invierta masivamente en esos bienes. Y en esta subida de precios hay ganancia, no sólo de unos pocos bien informados, sino de muchos que acuden a ese mercado, alimentando su hinchazón, porque ven el beneficio cerca y fácil. En principio y durante un tiempo indeterminable, los que inviertan en aquello que se espera que vaya subiendo de precio ganarán. Llega, a la postre, un momento en el que los precios de las cosas en auge serán excesivos, porque su valor de uso y de futuro es irracionalmente inferior al precio por el que se las valora en el mercado, y ése es el momento que marca la diferencia entre los eufóricos e incautos y los sensatos y bien informados. Los inversores que compraron caro pensando que aquello que compraron se encarecería aun más, y se encontraron con que eso no iba a ser así, empezarán a perder. Los que salieron de ese mercado a tiempo se habrán puesto a salvo, y estarán en condiciones de poner su dinero en los nuevos mercados no marchitos. Y vuelta a empezar.

El nivel de información y, también, de sagacidad de quienes intuyeron, supieron o hasta manejaron el cambio de tendencia antes que el resto, en este sentido, no tiene precio, y valga la expresión. Cuando el empresario gallego Jove vendió su división de construcción e inmobiliaria a un fugaz presidente del Real Madrid, Fernando Martín -no hace dos años-, probablemente no hizo sino retirarse a tiempo, aprovechando las ganas que tenía alguien de ser titular de un imperio que no pensó tan largo, seguramente presa de unas falsas expectativas y de unas dosis de vanidad que -como las expectativas, aunque menos estudiadas que éstas- obnubilaron su decisión de comprar caro lo que iba a perder valor casi de inmediato, como un coche de alta gama cualquiera. Intentar ser emperador debe de ser una poderosa tentación para quien presiente y desea que su gloria en la tierra puede estar al alcance de la mano. En cualquier caso, a alguien le tiene que tocar la china en este plato de lentejas. Sea Martinsa-Fadesa, sea quien tiene que pagar una hipoteca por un piso que pierde valor poco a poco y, lo que es peor y viene a ser lo mismo, puede llegar a valer menos de lo que se debe por él, los damnificados de los excesos financieros -alguien dirá especulativos- lloran, y los avisados ganadores respiran aliviados. O sonríen.

Pero no todo es expectativa. Martinsa estaba acuciada por una deuda que la banca es renuente a renovar, como sucede a cientos de constructoras de las empresas: detrás del aluvión de batacazos está la carestía de crédito. A pesar de ello, ha actuado con rapidez en el procedimiento concursal (que ya no se llama suspensión de pagos; me recuerda al cambio de "perdónanos nuestras deudas" por "perdona nuestras ofensas"). Mientras, otro ex presidente de Madrid, Florentino Pérez, presidente de la constructora ACS, ha podido vender una joya eléctrica (su participación de control en Unión Fenosa) a la francesa EDF, para hacer frente a su deuda y no verse abocado a concurso como Martín. Las constructoras sueltan lastre para mantener el globo en el aire. Después de tanto cabildeo y hasta navajeo político, y con la probable salida de Acciona de una Endesa molto italiana, resulta que no va a quedar más que Iberdrola española... y vasca.

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