la ciudad y los días

Carlos Colón

La vecina de la Esperanza

NADA de ponerse trascendentes. Sobre todo nada de ponerse trascendentes. Lo eterno está con lo eterno y lo trascendente está en la trascendencia. Por eso no más allá, donde no hay lágrimas ni olvido, sino más acá, donde hay ausencias y pesares. Se llora lo perdido, no lo que se ha salvado; lo que ha muerto, no lo que vive para siempre.

Por eso lloro el recuerdo de una niña que entre 1931 y 1936, cuando vivía en Madrid, se creía que las fiestas del 14 de abril se celebraban porque era el día de su cumpleaños; y de una niña de once años que rebuscaba por los campos de Jaén, son los años de la guerra, algo que llevar de comer a su madre -impedida porque se ha roto el tobillo durante un bombardeo- y sus hermanos pequeños.

Por eso lloro Rebeca en el Llorens una noche de marzo de 1943; una jovencita de 16 años leyendo Cumbres borrascosas en la edición Crisol de Aguilar, sentada en el cierro de una casa de la plaza de Argüelles; la bahía de Tánger abriéndose, como un abrazo, mientras desde el barco de la Trasmediterránea se ve la mansa cascada blanca de la ciudad descendiendo desde los montes hasta la playa; las meriendas con dulces judíos en casa de Ester Cohen; las tardes en los parques tangerinos bajo los gigantescos árboles de mimosas; Historias en la noche o Ustedes son formidables sonando en la radio Saba mientras ella cosía junto a la chimenea y me dormía sintiéndome seguro y querido; el ruido del pedaleo de la máquina de coser; las mañanas de Navidad comprando en la calle Francos; las estrellitas, medias lunas y círculos de latón para hacer pastas de té; esa mirada que siempre me reconocía entre las filas de nazarenos; las magdalenas del tangerino salón de té Porte, pequeñas, duras, con forma de concha, como la que Proust mojó en manzanilla; el número 11 de El Capitán Trueno -El pozo de la muerte- sobresaliendo enrollado del bolso de la compra con forma de red, que me da trayendo a mi habitación de calenturas el aire limpio y frío de una mañana de invierno; La tumba india en el cine Roxy; Gardel cantando Tomo y obligo; su voz; las mañanas de Viernes Santo, viendo en sus brazos pasar la Macarena bajo el cierro de Regina.

Y la jovencita de quince años que, recién llegada a Sevilla, se dejó deslumbrar por la hermosa vecina de la Anunciación que visitaba cada día, cuando iba por la estrecha calle Imagen desde la plaza de Argüelles al mercado de la Encarnación que aún llegaba hasta Puente y Pellón. Era 1939. Se llamaba Carmen y su hermosa vecina, Esperanza Macarena. Con Ella está lo que de ella es eterno. Conmigo vive lo que de ella ha muerto hoy hace una semana.

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