Crónica personal

Pilar Cernuda

Los veinticinco

QUE dicen los veinticinco diputados del PSC que si Zapatero no se aviene a sus exigencias, las relacionadas con el Estatut y con la financiación de Cataluña, cogen las de Villadiego y forman grupo parlamentario propio.

Vayamos por partes. Primero, no pueden formar grupo parlamentario propio porque el reglamento lo prohíbe, tendrían que haberlo hecho cuando se presentaron las propuestas de grupo a principio de legislatura, y aun así habría que ver si cumplían las condiciones. Segundo, es dudoso que los veinticinco miembros del PSC que han logrado escaño en el Congreso estén por la labor de defender las tesis de Montilla frente a las tesis de Zapatero. Empezando por Carmen Chacón, por ejemplo, aunque no es la única persona del PSC con escaño que ve con regulares ojos la política de confrontación de Montilla.

"Quien bien te quiere te hará sufrir", le ha dicho el presidente de la Generalitat a Zapatero, antes de presentar sus exigencias, la mayoría de ellas de tipo económico. A lo mejor es Montilla el que acaba sufriendo las consecuencias de su política.

Montilla se ha vuelto excesivamente nacionalista en algunos aspectos, no sólo para mantener el tripartito sino para intentar captar votos que tradicionalmente habían ido a Convergencia, pero puede pasarse de frenada y salir mal parado. Conseguirá algún que otro voto catalanista, pero en cambio no favorece al PSOE su posición radical, que abunda en la confrontación con el resto de España. Ha empezado eliminando la tercera hora de enseñanza en castellano, no ha movido un dedo para proteger la enseñanza de la lengua común -le debe prepocupar poco, envía a sus hijos al colegio alemán de Barcelona, donde sí se enseña bien el castellano- y ahora le da por practicar el victimismo, como hace su colega Ibarretxe. Sin embargo, como bien le recordó Zapatero en el acto de cierre del congreso del PSC de este domingo tiene escasos motivos de queja: empezando por el apoyo de Zapatero al Estatut, lo que le provocó no pocos problemas en su partido, siguiendo por la cesión del archivo de Salamanca y, ahora, la publicación de las balanzas fiscales, para que España entera se diera cuenta de la aportación catalana a las arcas del Estado. Olvidó la política del agua, que no permite el trasvase de una sola gota del Ebro hacia la España más necesitada, aunque se hizo una engañosa excepción cuando Barcelona necesitó agua para paliar su sequía.

Ya está bien de concesiones no siempre justas. En una ocasión, cuando Carod se reunió con la cúpula de ETA y Maragall no quiso expulsarle de su gobierno, Zapatero cogió un teléfono y le dijo a Maragall que si no cesaba a Carod el PSOE rompía con el PSC, lo que provocó el cese casi inmediato del entonces conseller en cap.

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