Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

¿Quién vende la marca Sevilla?

LOS principales empresarios de este país, desde César Alierta a Isidro Fainé pasando por Ignacio Sánchez Galán, han emprendido una especie de gira internacional -roadshow se llama ahora la cosa- para vender los valores de España, despejar la mala imagen que esta crisis y su gestión ha dejado de nosotros fuera y preparar el escenario de una futura recuperación económica en la que tendremos que jugar un papel importante. Es una iniciativa digna de elogio porque es indudable que la imagen que proyecta un país en el extranjero es un activo estratégico y no darle importancia o minusvalorarla revela una miopía que lleva a perder oportunidades.

Lo mismo puede decirse de una ciudad, y sobre todo si esa ciudad, como es el caso de la nuestra, tiene poco más que vender que su propia imagen. Por lo menos, en estos momentos. Sevilla es una marca que era reconocida internacionalmente y que se relacionaba con una forma de entender la vida común a todo el sur de Europa, con una potencialidad de desarrollo de contenidos culturales que muy pocos pueden igualar en Europa y en el mundo y donde se han logrado asentar realidades económicas de la potencia de una Abengoa o con la capacidad de proyección de la industria aeronáutica.

Hoy esa marca está claramente deteriorada. Basta echar un vistazo a través del omnisapiente Google a las referencias, no muchas, que de nuestra ciudad se han hecho en los grandes medios internacionales en los últimos dos o tres años. El paro, la pobreza, los desahucios y las corralas o el jaraneo de Feria y el Rocío para contraponerlo a las decenas de miles de desempleados constituyen el balance, y los perfiles positivos son casi imposible de encontrar.

Hay que concluir que si la marca Sevilla está por los suelos, como está la de España, es porque la situación es de una gravedad que no se le oculta a nadie. Pero también porque hemos dejado que se hunda. Si en el conjunto del país parece que se toma conciencia de que nos jugamos algo importante y se empiezan a toma medidas, en la ciudad es todo lo contrario. ¿Quién vende la marca Sevilla más allá de nuestras fronteras? El Ayuntamiento, que parece que es al que le correspondería llevar el paso de esta misión, ni está ni se le espera. Bloqueado por la crisis, nos sorprende con iniciativas tan cutres y poco atractivas como la organización de un enésimo premio taurino -¿pero cuántos se dan cada semana en Sevilla?- o el anuncio a bombo y platillo de un museo de tradicionales locales. Los restos del naufragio del empresariado local tampoco parece que estén para grandes alardes, aunque en ello les vaya una parte importante de su futuro. Mientras, nos podemos llevar años discutiendo si el río y su dragado sirven para algo o dejando abandonados el Teatro de la Maestranza y la Orquesta Sinfónica.

Sevilla necesita como el comer nuevos impulsos. Quizás no esté todavía todo perdido, pero ya está bien de caminar para atrás como los cangrejos.

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