La tribuna

agustín Ruiz Robledo

La venganza de la ciencia política

EL arte de la guerra, la jurisprudencia, la economía y todas las demás ciencias sociales que la humanidad ha ido desarrollando a lo largo de su azarosa existencia tienen sus leyes, es decir, sabemos que unos determinados comportamientos originaran unas determinadas consecuencias. Como el principio de causalidad no se aplica con el mismo rigor de las ciencias naturales (la ley de la gravedad no desaparece nunca mientras que no siempre se cumplen los pronósticos de los sociólogos), hay quien piensa que está en las manos de los hombres cumplirlas o no; sobre todo en el terreno de la política, un ámbito complejo donde -como decía Maquiavelo- es más importante lo que se aparente ser que lo que realmente se sea. Pero una cosa es que un individuo pueda actuar con libertad y otra que si ese comportamiento va contra la lógica política no tenga consecuencias negativas, como Shakespeare ilustra literariamente en Macbeth y le está sucediendo al PSOE, que tras saltarse un par de leyes de la ciencia política, ha cosechado su peor resultado histórico, con sólo 85 diputados y 43 senadores electos.

Tras los pésimos resultados del 20-D, la ciencia política aconsejaba al PSOE dejar gobernar al PP, como Felipe González -un gran especialista en el arte de Maquiavelo- vio desde el primer momento. El PSOE en la oposición ganaría tiempo para reformular su proyecto político y, de paso, se alejaría cronológicamente de la mala impresión que en la mayoría de los españoles dejó el Gobierno Zapatero, a la vez que le dificultaría a Rajoy seguir escudándose en la "herencia" recibida al quedar esta cada vez más lejos. Sin embargo, Pedro Sánchez prefirió desdecirse de todos las descalificaciones que había usado antes de las elecciones contra Podemos -incluido que no pactaría nunca con él- para recalificarlo como partido del cambio y pedirle su voto para ser elegido presidente del Gobierno. Casi todo el mundo sabía que era una apuesta destinada al fracaso pues era imposible pactar al mismo tiempo con Ciudadanos y con Podemos, pero la dirección del PSOE parecía muy satisfecha por acaparar durante unos días la atención mediática, sin ser consciente del lamentable espectáculo que estaba propiciando al buscar desesperadamente el voto de un partido al que había calificado reiteradamente de populista antisistema y cuyas actuaciones poselectorales -desde la astracanada de la sesión constitutiva del Congreso, hasta la exigencia de ministerios concretos- no eran precisamente pruebas de que hubiera dejado de serlo.

El fracaso de la investidura dejó al PSOE en una situación muy delicada, incapaz de articular una alternativa al PP y humillado por Podemos. Sin embargo, todavía tenía en su mano cumplir el adagio optimista que dice que detrás de un problema puede haber una oportunidad: ese fracaso lo legitimaba para intentar pactar con el PP otro candidato que no fuera Rajoy a cambio de facilitar su investidura, estrategia que le evitaba las nuevas elecciones, marcando así las diferencias entre el PSOE, como gran partido socialdemócrata serio, y el populismo irresponsable de Podemos. Incluso el fracaso de la investidura permitía que Sánchez dimitiera con cierta dignidad y diera paso a otro líder que trajera aire nuevo a las filas socialistas. Nada de eso se hizo y el PSOE persistió en su negativa a facilitar el Gobierno del PP, con lo que las elecciones generales se hicieron inevitables.

Desde que el Rey disolvió las Cortes y convocó las nuevas elecciones el 3 de mayo, el PSOE siguió sin hacerle mucho caso a la ciencia política. Y si es comprensible que la falta de tiempo le impidiera cambiar de líder, no lo es tanto que Pedro Sánchez centrara su campaña en recordar una y otra vez su fracaso en la investidura de marzo y en quejarse de la negativa de Iglesias. Su insípida actuación en el debate de los cuatro candidatos y su metedura de pata con David de Gea demuestran que Sánchez no está preparado para el cargo que ostenta, o como se decía en la Transición, que cumple el principio de Peter y ha llegado a su nivel de incompetencia, como han refrendado los resultados electorales. Haciendo de la debilidad virtud, Sánchez y los suyos quieren olvidar que han perdido 120.000 votos y cinco diputados en seis meses para centrarse en que no se ha producido el sorpasso, como si fuera mérito suyo -y no de la sociedad española- que el populismo no haya pasado del 22% de los votantes.

¿Persistirá el PSOE en su desprecio a las leyes de la ciencia política y nos llevará a unas terceras elecciones? Esperemos que antes de actuar, y olvidando sus primeras reacciones, sus dirigentes reflexionen y tomen muy en serio la recomendación de Maquiavelo: la sabiduría consiste en "saber distinguir la naturaleza del problema y en elegir el mal menor".

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