Crónica levantisca

juan Manuel / marqués Perales

Si lo sé, no vengo

SI lo hubiese sabido, Carles Puigdemont no habría aceptado ser el presidente de la Generalitat. "Yo no me habría metido", contó ayer el atribulado president. El procès nació a consecuencia de las dificultades de Artur Mas para ajustar las cuentas de la Generalitat en plena fase de recortes, así que a modo de escape puso al Estado contra las cuerdas: o Cataluña conseguía un trato fiscal como el del País Vasco o declaraba la independencia. Pero hoy, y aunque Junts pel sí quisiese, no podrían proclamarse independientes: Cataluña carga con una deuda desatada, no es capaz de controlar su déficit, carece de presupuestos y vive de la liquidez que le otorga España. Sería un Estado fallido antes de nacer. Las elecciones que Mas trató de convertir en un plebiscito -¿se acuerdan de ello?- pueden acabar en una solución que ya es muy española: otras elecciones. Ahora comenzamos a comprender qué significa la italianización de un país.

Puigdemont se presentó con un programa calendarizado muy claro: en 18 meses proclamaría la independencia de Cataluña, para lo que antes aprobaría 45 leyes destinadas a la desconexión. Sin embargo, su Parlamento lleva un año sin poder aprobar una sola ley, incluida la de los presupuestos, derribada por los antisistemas de la CUP. A lo que nos emplaza Puigdemont, tan confuso como su propio peinado, es a una moción de confianza que, señores, se celebrará en septiembre. Sí, dentro de tres meses. Y no le urge porque confía en que Podemos sea su salvación, que gane las elecciones de la izquierda, que el PSOE se pegue el tiro en el pie antes que en la cabeza, apoye a Pablo Iglesias como presidente y éste les prometa un referéndum de independencia durante esta misma legislatura para seguir tirando. Sí, España comienza a ser liderada por unos locos sin carné, que diría Serrat.

El proceso de independencia está muerto, y en su transcurrir se ha llevado por delante a Convergencia y puede que al PSOE, a Pujol, a Mas y a Puigdemont, pero en Cataluña nadie quiere encargar la esquela. Si el presidente pierde la moción de confianza en septiembre y si Pablo Iglesias no logra gobernar, Cataluña se aproximará a lo que ya le es propio: otras elecciones, que posiblemente se convocarían en enero. Pero que aún no aplaudan los constitucionalistas de buena fe, es posible también que por entonces España carezca de Gobierno o se encamine hacia otras elecciones, porque, amigos, nuestro problema es ése: cada vez, nos parecemos más a Cataluña.

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