La ventana

Luis Carlos Peris

lcperis@diariodesevilla.es

La vida llenó de surcos su gitanería

Llevaba la dureza de la vida grabada en los surcos de su cara, tan gitana. Una vida de entrega a su familia y que llevó como buenamente pudo al lado de aquel trueno que se llamó Juan Montoya. Era tan intenso su cante que no le hacían falta ni larguras ni enciclopedismos, honda como ella sola no se iba de compás ni en los resbalones. Antonia la Negra, la madre de Lole, se nos ha ido con la mochila de una vida digna de ser novelada, desde su infancia en la morería a su plenitud trianera. Se ha ido cuando se presentaba la Bienal, esa Bienal de flamenco en Sevilla que tantas veces lustró. Acompañando al baile de Carmelilla o de cualquier Montoya que estuviese en escena, La Negra nos transportaba al cielo por tangos o por bulerías. Nunca se fue de compás, jamás, ni en la fiesta íntima ni arriba en el escenario, pero tampoco en la vida, en esa vida que tanto surcó su cara.

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