Desde el fénix

José Ramón Del Río

El vino mareado

PENSARÁ usted que me equivoco con el título, porque no es el vino, sino el que abusa de él, el que se marea. Pero también el vino se marea. Así, los etnólogos llaman "vino mareado" al que aún no se ha repuesto del filtrado o trasegado o al que, por movido, pierde su equilibrio. Pero el mareo del vino al que voy a referirme no es consecuencia de manipulaciones, sino que obedece a causas distintas. La primera es un viaje por mar en el que, como algunas personas, el vino se marea. La verdad es que este mareo le sienta muy bien al vino, a diferencia de lo que ocurre con las personas. Sobre todo, le sienta bien al vino de Jerez que, de siempre, ha sido muy aficionado a navegar. Viajó con Magallanes y Elcano, dando la vuelta al mundo; en los saqueos de Cádiz, los piratas ingleses Drake y Essex embarcaron 3.000 botas; al pie de la Bodega Lacave existía un muelle, antes del relleno para construir la Barriada de la Paz, donde atracaban barcos para llevar vino a Rusia y se conservó muchos años el noray para el atraque. Uno de los productos más exquisitos de las Bodegas de Agustín Blázquez era el manila aviejado, que fue el resultado de un embarque con destino a Filipinas de vino oloroso y que se trajeron de vuelta porque el comprador no pagaba. Ese doble viaje marítimo dio lugar -dicen- a un vino singular y extraordinario. Hoy sólo se podría encontrar en el almacén de Manteca, en el barrio de La Viña, en Cádiz, familiar del que fue representante de la Casa, pero no le servirán una copa porque ya hace muchos años que sólo queda una botella para la colección.

Quedamos, pues, en que el mareo que puede originar un viaje marítimo es bueno para el vino. Los mareos malos son el descenso imparable de ventas en los vinos de Jerez, sobre todo de los vinos finos. Otro mal mareo es la investigación abierta por la Comisión de la Competencia, que, al considerar que existe un presunto acuerdo de reparto del mercado y fijación de precios de vino fino de Jerez, manda decenas de inspectores para registrar las bodegas, en busca de pruebas.

También puede resultar malo a la larga el mareo al que se ve sometido el fino La Ina. Confieso que entre los finos es mi preferido. Los demás son magníficos finos, pero quizás por ser los Domecq los más numerosos de las familias bodegueras, el La Ina siempre está a punto. Ahora va de zozobra en zozobra. Primero los ingleses lo compran con Domecq; después venden el La Ina a los franceses; luego Osborne hace que vuelva a casa y, ya en casa, Osborne lo traspasa a Caballero. No hay duda alguna que, al menos en cuanto a dueño, al La Ina lo han mareado. Es de suponer que este mareo no le perjudique. Pero que tampoco intenten mejorarlo, porque hay cosas que se tienen que quedar como están.

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