La ciudad y los días

carlos / colón

El 'virus stultae'

RESULTA que el problema no está en los políticos, sino en un virus de la tontería (virus stultae) que anida en los legajos, muebles, cuadros, alfombras o cortinas del Ayuntamiento, provocándoles episodios más o menos transitorios de tontuna. Entra allí un señor tan listo como Rojas Marcos y destroza las plazas de la Virgen de los Reyes y del Triunfo. Entra una señora que además de inteligente, culta y liberal había sido la primera mujer ministra desde la Segunda República, y le cuela el PA la continuación de los destrozos de plazas y calles. Entra un médico que, de haberse dedicado a su profesión seguro que sería una de las eminencias de la Clínica Mayo de Nueva York, y nos endilga el enlosado churretoso con farolas de ducha de la Alameda, las setas y la perversión de peatonalizar la Avenida talando los árboles, poniendo un pavimento varsoviano y plantando naranjos de pega que crecen menos que Laureano enfundado en su gris uniforme de ordenanza.

Desde hace meses el dichoso virus afecta al actual alcalde y a su equipo haciéndoles caer en episodios transitorios de tontuna. Ahora toca lo de vestir de croché al Cid, como si el pobre fuera el respaldo y los brazos de una butaca, las divulgadas intimidades de Kelly Mor o el tapete de una mesa camilla. Los progres por progres y los conservadores por complejo de serlo, apañados estamos.

Como contaba la compañera María José Guzmán parece que la iniciativa de traer la artista del crochet fue del alcalde, probablemente tras ser atacado por el virus stultae. Lo de entender la proyección de una imagen moderna de Sevilla a coste y a costa de setas, arrastrar a Zurbarán a la pasarela de la moda o haciéndole una funda de crochet al Cid son síntomas clarísimos. Por lo menos esta estupidez ha salido casi gratis, porque las setas ya sabemos los más de cien millones de euros que nos costaron; y para la payasada de las santas tuvo que arrimar el Ayuntamiento lo suyo.

Y el alcalde tan contento de que estemos en las redes sociales -estupendo: alcanzamos la altura del gato pianista o del baile del caballo- y fotografiándose bajo el Campeador convertido en butaca, mesa camilla o trasero. En sí misma, como bien decía la compañera, la cosa es tan tonta que la polémica resulta insustancial. Si traigo aquí el asunto es por el descubrimiento del virus stultae y la denuncia de tanto vendedor de humo de lo que -¡hace ya un siglo!- se llamó vanguardia.

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