Primavera sagrada

Fco. Javier / Rodríguez / Barberán

Las vísperas que perdimos

UNA de las características de la Semana Santa actual es la extraordinaria facilidad con la que temas realmente profundos o íntimos se banalizan hasta convertirse en tópicos. No creo equivocarme si incluyo la belleza de las vísperas dentro de los mismos. Hasta hace no demasiado tiempo, los días de la Cuaresma componían un territorio poco hollado que tenía su guía en las convocatorias de cultos y su secreto mejor guardado en las iglesias entreabiertas donde los pasos iban creciendo poco a poco. Hoy esto no es así: la idea de una celebración que nos atrae, y que crece y se desborda en nuestro interior -como el abismo del que habla Eugenio Trías-, ha sido sustituida por la de un torrente que arrasa inmisericorde todo lo que se le opone. Esto quedaría muy bien expuesto en la frase que oí de labios de un reputado cofrade al preguntársele qué cambiaría de la Semana Santa; con toda serenidad dijo: "Que hubiera dos".

Y algunos empezamos a tenerlo cada vez más claro: hay una mayoría -o al menos un grupo notablemente amplio y ruidoso- que, frente a la emoción y la reflexión, se ha decantado por el espectáculo. Se les queda corta la Semana Santa, e invaden como un ejército todo el año. Las vísperas, por supuesto, no iban a librarse: las "hipótesis indecisas de azahar" cantadas por Rafael Laffón han dejado paso -metafóricamente, aunque nunca se sabe …- a las avionetas fumigando perfume sobre las calles de la ciudad, a la masificación -el Domingo de Pasión se verá- y al estruendo de unas fechas que una vez fueron hermosamente discretas.

¿Queda algo de aquello? Si no fuera así, habría que dejarlo todo, pero las "barricadas estéticas y sentimentales" de las que escribí en su día aún existen. Lo vislumbré hace unos domingos, cuando unos amigos me llevaron hasta San Julián: allí, el Besamanos de la Virgen de la Hiniesta tenía algo de esa antigua calma, ese aire de barrio convertido en pequeño pueblo que se confía a una devoción con la rara naturalidad de lo cotidiano.

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