Agostados

Juan M. Marqués Perales

El yugo aéreo

HAY muchas razones para leer Ambición y destino, la biografía de Adolfo Suárez escrita por Gregorio Morán. Ácida, certera y contrastada, la crónica de aquellos trepidantes meses de finales de 1980 hasta el 23 de febrero de 1981 resulta mucho más esclarecedora que la premiada Anatomía de un instante, de Alejandro Cercas, un espléndido ejercicio literario que convierte en obra creadora los hechos refritados por el autor. En el punto de mira de los militares, mal mirado por el Rey, asediado por la oposición socialista, saeteado por los conspiradores de la UCD e incapaz ante la amenaza terrorista, Suárez se dispone a dimitir a finales de enero, bien ante las cámaras de televisión -como realmente ocurrió- o en el congreso que su partido había convocado en Mallorca entre el 6 y el 8 de febrero. Pero en esto que los controladores aéreos convocan una huelga, la única legal de su historia, con la que desean suspender el congreso del partido del Gobierno. Suárez dimite, y la huelga se esfuma sin que los controladores hubieran conseguido aparentemente nada. Fue, en opinión de Gregorio Morán, como si el primer punto de la tabla de reivindicaciones de estos trabajadores, procedentes casi al 100% del cuerpo militar en aquel ayer, hubiera sido la defenestración del presidente. Sí, tal es la historia de los controladores, unos señores cuya capacidad de coacción ha ido en aumento a medida que el tráfico aéreo se ha convertido en un transporte esencial para la economía productiva del país. Su estrategia de esta semana es igualmente perversa: su sindicato, USCA, y su atildado portavoz, César Cabo, anuncian una huelga para mediados de agosto, pero no fijan la fecha, con lo cual sus efectos logran la multiplicación aun sin materializarse. Y aseguran que sólo quieren ver al ministro, José Blanco. Qué listos, para desautorizar al presidente de Aena. Y es que 200.000 euros anuales agudizan el ingenio. Todo indica que, esta vez, el ministro del ramo no se va a comportar como el de 1981, José Luis Álvarez, a quien la huelga pilló desprevenido. Blanco se juega mucho, pero este yugo hay que quitárselo de encima.

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