Por si acaso

Pablo Gutiérrez-Alviz

pga@grupojoly.com

Seré breve

El peligro de darle a un mono una pistola es un chiste comparado con el de darle un micrófono a un aficionado

Yya puedes echarte una siesta. Cuando alguien frente al micrófono de una tribuna anuncia brevedad en su discurso, y a poco que éste avance unas escuetas líneas, lo que en realidad muchas veces y sin querer ha anunciado es que va a hablar sin haberse preparado la intervención, que "tratará" de organizarse sobre la marcha y que, o bien nos va a adormecer con una castaña infumable, o va a danzar sin ritmo ni concierto de unas informaciones a otras como le lleguen a la laringe.

Demasiados son los eventos públicos que sitúan la capacidad oral comunicativa en el pleistoceno. Existirán tantos estilos expresivos como humanos, y más allá, el resto de seres vivientes del planeta también tiene sus códigos, pero yendo al bípedo más prolífico y tendente a posicionarse en la cúspide animal, y quedándonos apenas en territorio local, tomar a la improvisación como método de trabajo en lugar de como recurso bien estudiado es la tónica más común.

O todo se me figura de importancia y mención imprescindible y nadie me ha dicho lo contrario; o sé mucho de lo que hablo y como lo sé no necesito guion; o me he hecho un guion que no se lo salta ni el Antiguo Testamento; o lo he reducido a un esquema mental por puntos, como la lista de la compra, y conforme vaya llegando a cada uno iré volcando los datos preparados, los no preparados y los que estén por preparar.

Y así, micrófono en ristre, con esquema o sin él, con preparación de discurso o sin ella se acaba perdiendo la noción del tiempo, de la mesura y de la orientación. El peligro de darle a un mono una pistola es un chiste comparado con el de darle un micrófono a un aficionado.

Un momento de gloria puede serlo si se usa con meditada prudencia, de lo contrario el riesgo es convertirlo en un engolado regodeo que hace de la intervención una estampa prescindible para la memoria a largo, a medio y a corto plazo. Anunciar brevedad y no cumplirla podría situarse en el top ten de las tomaduras de pelo, siempre, claro, detrás de las promesas electorales. A esas no hay quien las supere.

Ser breve al hablar diciendo lo justo, con orden y sentido, hasta con cierta picardía también es un arte requerido de ensayo-error-trabajo-y-dedicación que va mucho más allá de leer, resumir y memorizar, e incluso de tener un carisma arrebatador. Presenciar que se cumple lo anunciado, aunque sólo fuese una de cada diez veces, sería casi un regalo inesperado.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios