benito valdés. profesor emérito de la Universidad de Sevilla. botánico

"La campiña del Guadalquivir estaba llena de bosques; ahora apenas hay árboles"

  • Es una auténtica eminencia en el campo de la botánica, disciplina que enseña desde 1977 en Sevilla, la ciudad que le concedió su medalla y de la que no ha querido moverse

Benito Valdés, en su despacho de la facultad de Biología de la Universidad de Sevilla. Benito Valdés, en su despacho de la facultad de Biología de la Universidad de Sevilla.

Benito Valdés, en su despacho de la facultad de Biología de la Universidad de Sevilla. / Juan Carlos Vázquez

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De su tierra natal, Benito Valdés (Calatayud, Zaragoza, 1942) conserva la jovialidad y el acento. Profesor de la vieja escuela, siempre acude a la Facultad de Biología con rigurosa corbata, aunque su despacho es una especie de caos creativo en el que se amontonan los manuscritos (la primera versión de sus trabajos siempre es a mano), los fósiles de plantas del Carbonífero y los libros sobre botánica, disciplina en la que es una auténtica eminencia. Catedrático de la Universidad de Sevilla desde 1977, ciudad a la que llegó para enseñar las nuevas técnicas que había aprendido en Inglaterra, Benito Valdés, sin apearse de su inconfundible estilo maño, es un enamorado de su ciudad adoptiva, que le concedió su medalla en 2016. Por quedarse aquí llegó a rechazar la posibilidad de dirigir el prestigioso Jardín Botánico de Madrid. Él fue el que diseñó, cuando era asesor de Manuel Olivencia como comisario de la Expo 92, el Jardín Americano, una pequeña joya botánica históricamente maltratada. Experto en taxonomía, y miembro de las academias sevillanas de Ciencias y de Medicina y Cirugía, y de la Academia Iberoamericana de Farmacia, la abreviatura con la que rubrica sus descripciones y descubrimientos, Valdés, es toda una garantía en el mundo científico. Es autor de más de 150 trabajos en revistas nacionales y extranjeras de primera línea sobre taxonomía vegetal y vegetación. También ha escrito o colaborado en más de 30 libros.

-¿Cómo se hace uno botánico?

-Yo soy de Calatayud, que está en una cuenca sedimentaria de origen terciario. Aquello era una cubeta que se evaporó y se formaron los yesos, en los que, como en el desierto de Tabernas de Almería, habita una vegetación muy interesante. De chico recorría aquellos parajes y me aficioné a la naturaleza.

-Imagino que el asombro es el primer paso para la ciencia.

-Es importante sorprenderse por las cosas y fijarse en cómo se desarrollan. En mi vocación fue muy importante un profesor extraordinario de Ciencias Naturales que tuve en el instituto, el granadino Saturio Ramírez del Pozo. Ya en la Facultad, en Madrid, me influyó un catedrático extraordinario de Botánica, Manuel Jordán de Urríes. No he visto persona con mayor claridad de ideas y facilidad para exponer a los alumnos las cosas más complicadas.

"Las plantas no tienen sentimientos. Eso de que les gusta que les canten es un cuento chino"

-La botánica tiene un aura romántica, quizás por las expediciones científicas del XVIII y el XIX... Esas láminas tan hermosas de las plantas, por ejemplo...

-Puede ser, pero la botánica en nuestro país no ha tenido mucho prestigio en comparación con otros como Inglaterra o Alemania. ¿De dónde viene su importancia? Del uso médico que tuvo durante siglos, aunque ahora no tanto. La botánica se desarrolla en el Renacimiento y en épocas anteriores, cuando se fundan las primeras cátedras en las facultades de Medicina, por así llamarlas. Ya en el siglo XVIII se independizó y dejó de ser una ciencia auxiliar de la Medicina.

-¿Ya no tiene importancia médica?

-Sólo en algunos casos, como en los derivados de la digital (digitalis): los digitóxidos, la digitalina... que se utilizan para las afecciones cardíacas. Son plantas muy comunes en toda Europa y en el centro de España. Llegan hasta Sierra Morena.

-Más allá de la ciencia, siempre hubo una gran sabiduría popular vinculada a las plantas.

-Es lo que ahora llamamos la etnobotánica, que es el uso popular de las plantas. Durante siglos se ha transmitido oralmente y ahora se está perdiendo. Esta sabiduría la recogió Dioscórides a principios de nuestra Era en un tratado llamado en castellano La materia médica, que ha sido el manual práctico de Medicina hasta el Renacimiento. Fue uno de los primeros libros que se editaron cuando se inventó la imprenta, con versiones ya actualizadas por médicos humanistas, como el salmantino Andrés Laguna. Cuando daba la asignatura de Botánica Aplicada, le encargaba a mis alumnos que buscaron en sus pueblos estos usos. Todos esos papeles que ve usted ahí son parte de sus trabajos.

-Recientemente, creo recordar, condenaron a un pastor por recolectar en Sierra Nevada un tipo de manzanilla protegida. Quizás un poco exagerado, ¿no?

-Con el calentamiento global -que es indudable-, la manzanilla de Sierra Nevada ha entrado en peligro crítico. Ahora está protegida por una ley aprobada por el Parlamento andaluz en 2008, que afecta a más de 180 especies. Ni siquiera los botánicos podemos tocarlas sin pedir un permiso.

-¿Las plantas sienten?

-Las plantas son seres vivos que necesitan agua, luz, nutrientes... pero no tienen sentimientos, como es creencia popular. Eso de que a las plantas les gusta que les canten es un cuento chino. Si no existieran las plantas no habría vida en la tierra, porque son los únicos organismos que son capaces de transformar la energía lumínica (la que nos manda el sol en cantidades ingentes, muy por encima de lo que necesitamos) en energía química que se almacena en la biomasa. Por eso las plantas son la base de la cadena trófica.

-Diga más cosas a favor de las plantas.

-Fijan el dióxido de carbono, lo retiran de la atmósfera, algo que es muy importante ahora con el problema del cambio climático. También liberan oxígeno que mandan a la atmósfera. Tenga en cuenta que, al principio, la atmósfera no era oxidante, sino reductora. Gracias a esta emisión de oxígeno se ha podido formar la capa de ozono, que protege a la biosfera. Cuando se descubrió que había un agujero en la capa de ozono la gente se puso muy nerviosa, porque este gas retiene todas las radiaciones de onda corta, que son altamente mutagénicas. Ni las plantas ni los animales pudieron salir del agua hasta que no hubo una capa de ozono que los protegiese.

-¿Qué es la famosa abreviatura Valdés?

-Es la abreviatura internacional que tengo yo asignada cuando describo una especie nueva. Yo soy taxonomista, estudio los grupos vegetales. Cuando describo algo nuevo siempre lo acompaño de la palabra Valdés.

-Es decir, algo así como un sello de autoridad, el certificado de que eso lo dice alguien que sabe mucho de la materia.

-Exacto. Lo dice Valdés. Hay un libro que recoge las abreviaturas internacionales de todos los botánicos que ha habido desde el siglo XVIII.

-Me imagino que empezando por Linneo.

-Linneo fue un hombre muy inteligente. Era hijo de un pastor protestante de un pueblecito de Suecia, cuyo médico se dio cuenta de su valía y le facilitó los estudios en Medicina. En seguida se dedicó a describir las plantas y animales que tenía alrededor. Clasificó todos los seres vivos entonces conocidos, también las rocas y minerales. Se ocupó de todos los aspectos de la naturaleza. Hasta él, para clasificar, se utilizaba la llamada nomenclatura polinominal, que cada vez era más complicada... Linneo la redujo a una nomenclatura binomial, de tal manera que la primera palabra es el género y la segunda es la especie concreta.

-¿Como Homo sapiens?

-Sí, es el nombre que le dio Linneo: "Homo sapiens. L". Esta última letra es la abreviatura universal de Linneo.

-Dígame una planta que lleve su abreviatura universal.

-"Gyrocaryum oppositifolium Valdés". Esta es una planta endémica de la Península Ibérica; chiquitita, herbácea y anual, pero muy interesante. La describí con material de la provincia de Sevilla, aunque luego se ha localizado también en las de Madrid y León. La descripción la publiqué en 1983 en una revista alemana muy prestigiosa, Willdenowia.

-¿Los botánicos tienen que saber latín?

-Sí, hay que saber latín. Yo no lo hablo, pero lo leo y lo escribo.

-El escritor Aquilino Duque me dijo una vez que el español es un pueblo que sufre de dendrofobia, miedo y odio al árbol.

-Es verdad, se le ha tenido poco respeto. A veces pienso que, durante muchos años, esto ha sido por necesidad. La madera servía para muchas cosas y para el agricultor la sombra que daba el árbol podía suponer una merma en su cosecha. Durante generaciones, hasta que se empezó a usar el carbón y más tarde la electricidad y el gas, la madera servía de combustible doméstico. Los botánicos hemos observado cómo se han regenerado los bosques desde que se empezó a comercializar el gas en los pueblos. Ahora, la gente cada vez está más concienciada de que hay que respetar a los árboles y los animales.

-Y los incendios forestales, ¿tienen solución?

-La mano dura, porque la gran mayoría son provocados.

-En España hemos arruinado durante siglos una inmensa riqueza forestal.

-Si usted se da una vuelta por la campiña del Guadalquivir no ve apenas un árbol. Sin embargo, durante siglos estuvo ocupada por bosques densos: encinares en suelos básicos, alcornocales en suelos ácidos... También acebuchales, sobre todo en la zona del valle.

-Creo recordar que Cela dijo que quien sabe el nombre de las estrellas y de los árboles es feliz. ¿La botánica es un camino para la felicidad?

-Ir por el campo e ir reconociendo las cosas da satisfacción, felicidad no lo sé. Cela era muy exagerado.

-Sevilla tiene una vieja tradición botánica. Ahí están Monardes, el jardín de Hernando Colón...

-Y no se olvide de alguien fundamental, Simón de Tovar, un médico sevillano del siglo XVI. Mantuvo a sus expensas un auténtico jardín botánico más importante que el de Monardes y Colón.

-¿Dónde estaba?

-No se sabe muy bien. Estaba cerca del Guadalquivir, en la zona norte de la ciudad. Cerca de éste es donde Benito Arias Montano, que era amigo de Tovar, montó el suyo, de ahí viene Pino Montano. En el siglo XVIII, la Academia de Medicina de Sevilla creó y mantuvo durante muchos años su propio jardín botánico en la calle Alfonso XII, donde está ahora el Centro de Estudios Hispano-Americanos. Se terminó perdiendo con la invasión napoleónica.

-¿Y algún hito del XIX?

-La llegada de Claudio Boutelou, un botánico que llevó toda la experimentación y aclimatación de plantas americanas en España. Fue contratado por la Compañía de Aguas del Guadalquivir para desecar las marismas y convertirlas en arrozales. También fue el primer catedrático de Botánica que hubo en la Universidad de Sevilla.

-Esta larga tradición llega hasta usted, que fue quien creó el Jardín Americano de la Cartuja.

-Eso fue una idea de Manuel Olivencia cuando era el comisario de la Expo 92. Yo era su asesor para la reforestación de la Cartuja. Hice el planteamiento de todas las zonas ajardinadas del recinto. En un momento dado, Olivencia dijo que debería haber más plantas americanas. Empezaron a llegar más de dos mil ejemplares de más de 600 especies y pensamos que, mejor que dispersarlas por todo el recinto, podíamos concentrarlas en un punto. Así surgió el Jardín Americano.

-Este jardín ha sufrido el incomprensible abandono municipal. Se abandonó, se restauró, volvió a degradarse...

-Durante la Expo fue un jardín magnífico, pero cuando ésta acabó se abandonó 16 años, con lo que se perdieron el 60% de las especies, entre ellas la colección de orquídeas... Luego se restauró en 2008, pero sin la riqueza de entonces, y ahora lo mantiene el Ayuntamiento, pero necesitaría un programa específico para reincorporar plantas y tratarlo de otra manera. No es un jardín normal, sino excepcional. Hay plantas que no crecen en ningún otro sitio de Europa.

-Los ciudadanos cada vez están más concienciados de la necesidad de cuidar los parques y el arbolado.

-Sí, cada vez los respetan más, algo que antes no pasaba. Cada vez son más corrientes las denuncias ciudadanas por la falta de árboles, por las talas...

-¿Estamos adaptando bien nuestro arbolado público al cambio climático?

-Creo que sí, que con Adolfo Fernández Palomares, el director de Parques y Jardines, que conoce muy bien la materia, se están haciendo las cosas bien. Necesitamos poner plantas que requieran menos cuidados y menos riego. No hay que buscar mucho, están en nuestro clima mediterráneo: encinas, alcornoques, algarrobos, olivos, almeses...

-¿Y los clásicos de Sevilla, los naranjos, las acacias, las jacarandas...?

-Lo de clásico es relativo. Las dos primeras jacarandas se plantaron en Sevilla en 1920. Son las que están en frente del Pabellón Real, en la Plaza de América del parque de María Luisa. Las donó un súbdito inglés. Sin embargo, el naranjo amargo, que es un árbol muy resistente a la sequía, lo trajeron los musulmanes en los siglos X-XI. Recuerdo a la mujer de mi colega el director del Jardín Botánico de Palermo diciendo: "¡Franco! ¿Porqué no se ponen naranjos amargos en Palermo?"

-Escoja un árbol de la ciudad.

-El ciprés calvo de la Glorieta de Bécquer, que se plantó en 1850 y es de origen americano. El monumento lo pagaron los Hermanos Quintero con los beneficios de una obra de teatro que escribieron con este fin, y lo realizó Coullaut Valera se adaptó muy bien a este gran árbol. También hay otro muy especial, el ombú que hay en el Monasterio de la Cartuja, cuya plantación la atribuye la tradición a Hernando Colón.

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