josé daniel m. Serrallé, poeta y editor. Director de la casa de los poetas y las letras

"La gente tiene miedo a la palabra"

  • Poeta de obra corta pero fundamental, impulsor de revistas, editor a fondo perdido, 'flâneur' empedernido... el entrevistado es uno de los personajes ineludibles de la cultura sevillana

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-Está el jaleado mito del Pepe Serrallé noctívago, donjuanesco...

-Usted lo ha dicho, un mito. Cuando la gente lee mi poesía suele comentar que no tiene nada que ver con mi forma de ser en la calle. Soy profundamente melancólico, para mi desgracia o felicidad, y más elegíaco que hímnico. Pero por cuestiones de crianza, de barrio, de tener hermanos mayores, soy lo que se dice vulgarmente callejero.

-Ese barrio que dice es Santa Catalina.

-Allí es donde está mi Arcadia. Nací en la calle Bustos Tavera, en mi casa, que entonces era el número 8. Vi cómo construían el cine Apolo y, como era vecino y estaba por allí todo el día, entré gratis en muchas películas de Disney. También tenía vinculación con la Alfalfa, porque la sastrería de mi padre estaba en la calle Boteros.

-¿Qué queda de aquello?

-Cada vez menos. Aunque la gente se cree que lo que cambian son las cosas, los que de verdad cambiamos somos nosotros mismos.

-Me han dicho algo terrible de usted, que empezó siendo cantautor.

-Bueno... Es verdad que empecé a escribir cancioncitas horribles que acompañaba con una guitarra que apenas sabía tocar. Mi madre me echaba unas broncas terribles. Desde muy jovencito, con 13 ó 14 años, ya iba a las lecturas poéticas del Club la Rábida, donde está el Centro de Estudios Hispanoamericanos. Recuerdo haber escuchado allí a grandes maestros, como Rafael Montesinos o Fernando Ortiz.

-José Julio Cabanillas me comentó que fue la lectura de Antonio Machado la que le descubrió que la poesía podía ser algo diferente. ¿Cuál fue el deslumbramiento de Serrallé?

-Como las cornadas, mis lecturas tuvieron dos trayectorias. Me recuerdo muy joven, en verano, con Garcilaso de la Vega. Eran lecturas peculiares, en las que no comprendía muchos de los versos, pero había imágenes que me deslumbraban. Por supuesto, también Machado y Cernuda. En esta línea clásica, los románticos ingleses o Stevenson también me llamaron mucho la atención. La otra trayectoria fue una poesía muy contemporánea y más cercana en lenguaje y claridad: Gil de Biedma, Paco Brines, José María Álvarez...

"Mi poesía tiene un cierto gusto por el arte de vivir, por que la vida sea lo más hermosa posible"

-A José María Álvarez lo conoció durante la mili, ¿no?

-Sí. En el cuartel, en Cartagena, hice amistad con un asturiano, Alfonso García Sampedro, quien compartía mis inquietudes culturales. Él fue el que me dijo que había un poeta de los novísimos que tenía una librería en Cartagena, La Isla del Tesoro. Era una preciosidad, con un sofá chéster de cuero y unos techos altísimos de los que colgaban lámparas maravillosas. No había un libro que no le interesara a José María Álvarez. Allí llegamos Alfonso y yo rapaditos. José María Álvarez, pese a su edad, no para de escribir y sigue teniendo entusiasmo por la poesía... quién lo tuviera.

-Usted es gran recitador de versos. ¿Alguno para grabar en mármol?

-Antes me sabía muchos, pero con los años los voy olvidando.

-Precisamente, uno que solía repetir era: "Si pierdo la memoria, qué pureza".

-Sí, ese es de Pere Gimferrer, de su primer libro, Arde el mar. Precioso. Para grabar en piedra optaría por Con inmortales pies, de Garcilaso, ese poema que empieza: "Divina Elisa, pues agora el cielo/ con inmortales pies pisas y mides...".

-Como poeta es usted autor de Salón de Embajadores, Luna en la niebla y Aves nocturnas. Libros muy distanciados.

-Soy lento escribiendo y nunca me ha interesado hacer carrera literaria.

-Pero hay un momento que para y deja de escribir. ¿Qué ocurrió?

-Lo tengo muy claro. Después de Aves nocturnas seguí escribiendo, pero me salía lo mismo que en los libros anteriores. Quería romper, buscar otro camino... Tiré muchos folios, pero no daba con la tecla. Decidí dejar la escritura un tiempo en barbecho, pero ese tiempo se fue dilatando... A eso se une el que de alguna manera fui perdiendo un poco de atmósfera, de hilo, empecé a leer menos... Sigo escribiendo cosas, pero muy lentamente.

-Me han contado que prepara una antología sobre su obra.

-Me lo propuso Abelardo Linares para la colección de antologías de Renacimiento, esa de rayas que es tan bonita. Da gusto estar en esa nómina de autores. La estoy haciendo yo personalmente y meteré algunos poemas inéditos. Estos días en los que estoy revisando mis poemas me están dando un poco de clima para volver a escribir en serio.

-En su obra y existencia veo un cierto estoicismo punk.

-Eso lo da cierta estética, la forma en la que te mueves en la vida. Digamos que un tipo de poesía como la mía, que pertenece a la que se denominaba de la experiencia, tiene un cierto gusto por el arte de vivir, por que la vida sea lo más hermosa posible, por una existencia en la que la belleza y el hedonismo tengan presencia... Pero junto a eso está la melancolía, porque las personas somos tiempo y el tiempo es memoria. Soy de los que opinan que cualquier tiempo pasado fue mejor. El tiempo nunca vuelve y, a veces, quedan los versos.

"Me considero un absoluto librepensador. Siempre hay que mantener un grado de libertad frente al poder"

-Usted es lo que se denomina un flâneur, un infatigable paseante urbano. ¿Hay una estética, ética y política del caminante?

-Para mí, sí. Pasear por la ciudad me encanta, es la mejor manera de conocerla. También es importante saber parar: en los bares, en los museos, en las librerías... Andar es una actividad a la medida del hombre.

-Sevilla, aunque muchas veces sin nombrarla, está muy presente en sus poemas. Creo que es usted un poeta muy sevillano, con perdón.

-Creo que sí. Siempre digo, un poco en broma, que el poder del poeta es la observación. Soy paseante, callejero, de vivir lo más posible, pero sin alharacas... es normal que la ciudad en la que vivo esté presente en mi poesía, pero más como marco que como protagonista.

-¿Qué le parece Sevilla?

-Una hermosa ciudad con limitaciones. La Sevilla de antes tenía más alegría y la de ahora más movida. Antes, era una ciudad más tolerante, sin tribus callejeras... No había bares de capillitas, pijas o canis. En la misma barra te encontrabas a un marqués junto a un albañil con camiseta de tirantas.

-Buena descripción de la antigua Moneda, el bar de mis años universitarios.

-Con Antonio, el primo de Curro Romero, al mando. Ahora tenemos una Sevilla más estresada... Lo dan los tiempos, pero tampoco pasa nada. La ciudad es un ser vivo y siempre hay cosas que se pierden. Lo que hay que intentar es que lo nuevo sea tan importante y esencial como lo que se va.

-Más allá de las conversaciones de barra sobre la actualidad, no parece que tenga usted mucho interés en la política. Sin embargo, es descendiente de un socialista histórico.

-Un abuelo que estuvo nueve años en unas cárceles terribles después de la Guerra: el penal del Puerto, Chinchilla... Aun así, cuando logró salir, recaló con la familia en Dos Hermanas y montó las Juventudes Socialistas. Tenía una absoluta fe en el socialismo, al menos en aquel socialismo.

"Con la editorial Metropolisiana sacamos veinte libros con una calidad que ya casi no se ve"

-Sin embargo, alguien ha dicho de usted que es un hombre que quiere ser conservador, pero no le sale.

-Todos tenemos paradojas. Eso que ha dicho puede ser por cierta estética e idea del mundo. Lo que me considero es un absoluto librepensador. Creo que siempre hay que mantener un grado de libertad frente al poder y los políticos.

-Poca gente ha sido tan fiel a la corbata como usted. No es raro verle en más de un garito de modernos con su irrenunciable corbata y su chaqueta de 'tweed'.

-Eso es por crianza. Mis dos abuelos y mi padre eran sastres clásicos. En mi casa, los regalos de Reyes eran ropa de la sastrería familiar. Mi primer pantalón vaquero me lo compré, pagándolo de mi bolsillo, con diecisiete años. Además, para los que somos de pechito débil, la corbata es una magnífica prenda de abrigo.

-Junto con Abelardo Linares realizó una antología del poeta ya fallecido Vicente Tortajada, Esplendor (Metropolisiana), un autor de culto para algunos escritores sevillanos, que combina como nadie la fiereza y la ternura. Sin embargo, sigue siendo un gran desconocido.

-Vicente era muy buen poeta, pero no es fácil de leer. Es un autor de muchas imágenes, de un barroquismo muy de calle en el lenguaje. Pero, curiosamente, también es un poeta de una gran sentimentalidad. Quizás por lo primero que he dicho no ha sido un poeta tan leído como se merece.

-Sevilla es una ciudad con demasiados poetisos folclóricos, ¿no?

-Hay demasiados poetas costumbristas que se pretenden descendientes o alumnos aventajados de Romero Murube, Montesinos, etcétera... Pero hay una gran diferencia. Para aquéllos no hay otro tema que el azahar, la Giralda y las puestas de sol... bueno, tampoco pasa nada.

-De prosa, el único libro que tiene es Arcadias sevillanas, una especie de reportaje poético en el que reconstruye algunos microviajes por la provincia.

-Ese libro me lo propuso Alberto Marina, que montó para la Diputación esa colección tan maravillosa que fue Guías del paseante y el viajero, con unos libros muy bellamente editados, con unas fotografías extraordinarias y un papel maravilloso. El libro consiste en viajes a siete pueblos de la provincia a través de siete poetas, cada uno con su mundo: Paradas con Salvago, Morón de la Frontera con Alberto García Ulecia, Alcalá de Guadaíra con Enrique Baltanás, Cañada Rosal con Rafael Adolfo Téllez, San Nicolás del Puerto con Manuel Sánchez Chamorro, Estepa con Rafael Juárez, y Valencina con Fernando Ortiz. Aquello fue una aventura. Como usted dice lo hice en plan reportaje y me compré en Coronel Tapioca un chalequillo sin mangas, de esos con muchos bolsillos para guardar bolígrafos y cuadernos. Me recorría el pueblo de turno con los poetas mientras recordaban su infancia, me presentaban a sus amigos... Mi texto lo intercalaba con versos de los autores. Me lo pasé muy bien. El único problema es que ese verano no pude ir a Asturias y me tuve que quedar dos meses encerrado en casa, con un aire acondicionado de aquellos antiguos de matraca, escribiendo el libro.

José Daniel (Pepe) M. Serrallé, durante la entrevista. José Daniel (Pepe) M. Serrallé, durante la entrevista.

José Daniel (Pepe) M. Serrallé, durante la entrevista.

-Asturias, patria querida, el lugar de sus veraneos.

-Sí, veraneo allí desde hace unos 36 años.

-Es usted como Garci.

-Y como Gonzalo Suárez. En Asturias hay muchos veraneantes ilustres. También el veraneo en Sevilla tiene su gracia.

-Hablemos de su faceta como editor. El primer proyecto fue El Mágico Íntimo.

-Esa editorial la montamos, en los primeros ochenta, Vicente Tortajada, José Antonio Guerrero Reyna, Mario González Reina y yo. Cuatro amigos que estábamos todo el día tomando café y coñac en el Europa. En el mismo piso donde hacíamos los libros, donde se reunía el bulle-bulle cultural de aquella Sevilla, Guillermo Paneque, Rafa Agredano y otros estaban montando también la revista Figura. Hicimos esa cosa un poco fea y de jovencitos que es darle prioridad a nuestros libros en el catálogo. Sólo Vicente Tortajada, que no era novel, declinó sacar obra nueva, aunque sí publicó su traducción de los Sonetos de Crimea, de Adam de Mickiewicz.

-Pero sacarían algo más...

-Llegamos a sacar una decena de títulos. Tuvimos cierta osadía y cierta suerte. Pudimos editar una antología de la poesía amorosa de Francisco Brines, Poemas a D. K., con versos dedicados a su gran amor. Aquello tuvo cierta repercusión. También editamos el primer libro de Antonio Álamo, La oreja izquierda de Van Gogh, un libro de relatos. Ese título lo usó luego para la primera obra de teatro que hizo, por el que le dieron el premio Valle-Inclán. Otros libros fueron los primeros poemarios de Jesús Aguado, Jesús Tortajada... Nos lo pasamos muy bien.

"Siempre se pierden cosas en una ciudad. Lo que hay que intentar es que lo nuevo sea igual de esencial que lo que se va"

-Muchos años después montó otra editorial, Metropolisiana, que ha dejado para la posteridad un conjunto de libros bellamente editados.

-La montamos Manuel Ortiz, como director de arte; Antonio Álvarez, como director de producción; y yo, como director literario. Tres grandes departamentos cuyas oficinas estaban en el bar la Mina. Nos apoyaron mucho los amigos con eso que ahora se llama el crowdfunding, una fórmula que ya habíamos usado en El Mágico Íntimo. Nuestra intención era sacar libros muy bonitos, pese a que nos costara mucho dinero y tiempo. Al final duramos diez años con más de veinte libros editados con una calidad que ya casi no se ve. Ahí está, por ejemplo, la colección de relatos clásicos ilustrados por artistas de la ciudad.

-Terminemos con su trabajo alimenticio, la dirección de la Casa de los Poetas y las Letras, entidad del Ayuntamiento en la que desarrolla una importante labor de animación cultural en la ciudad.

-Mi proyecto para la Casa de los Poetas y las Letras es que Sevilla tenga un lugar, ahora Santa Clara, en el que se esté atento a todo: a lo clásico y a lo moderno, a los distintos géneros literarios, a la relación de las letras con el resto de la cultura... En definitiva, a la reflexión cultural. Y sobre todo, que el protagonismo absoluto lo tenga la palabra.

-La palabra, eso es subversivo.

-La gente tiene miedo a la palabra y me preguntan por qué los poetas que traigo no hacen volatines por las calles o por qué no leen con un grupo de rock detrás... No estoy en contra de eso, pero hay ya otros sitios para ese tipo de actos. En la Casa de los Poetas prima la palabra.

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