OPINIÓN: EL BOLSILLO por José Ignacio Rufino

Llega el verano de la crisis

No debemos ignorar que la cosa no está bien. El pesimismo, estamos de acuerdo con el presidente, no crea puestos de trabajo. Cabe decir que el optimismo, por sí solo, tampoco, y que la desconexión con la realidad crea menos empleo todavía. Hasta puede ponerlo en peligro. Porque quizá no se trate tanto de crear puestos de trabajo como de conservar cada uno el que tiene: virgencita, que me quede como estoy. El cuadro clínico puede resumirse más o menos como sigue. El paciente economía española ha sido atacado por el virus de la desaceleración (crecer menos que antes, pero crecer) y hasta por el de la recesión (o “crecimiento negativo”, inefable expresión de los economistas para no faltarle a la economía), y lo ha sido en mayor medida que otras economías, básicamente porque aquí dependíamos en exceso del ladrillo y el crédito para comprar ladrillo, que es lo que se ha desplomado como los muros de la patria que Quevedo miraba con mortal desesperanza: “si un tiempo fuertes, ya desmoronados”. Tampoco es para eso, dirá usted, y hasta no le faltará razón. España, en positivo.

La epidemia, de todas formas, no tiene que ver con el muy español sentimiento trágico de la vida: no podemos echarle las culpas a Chaves, ni a Zapatero, ni a Aznar. Ni siquiera a Bush o a Franco. El culpable oficial es la coyuntura internacional, el precio de un petróleo que es refugio de los dineros sin norte y de los demasiado orientados y, más en la raíz, los chinos: quieren irse a Venecia de puente, tener coche y nevera, tele de plasma y microondas, comer algo más que arroz, veranear, llevar levisestraus y hacer footing con un ipod en el brazo. Habráse visto. El cuadro clínico, decíamos: crédito escaso y caro; caída de los precios de las casas y, por tanto, del patrimonio y riqueza de los ciudadanos con casa propia o inversiones en vivienda; incremento brutal de los precios de los alimentos (pagué ayer 6 euros por un kilo de cerezas y 2,5 euros por una lata individual de cocido madrileño: me dio apuro devolverlos, ya en la caja). La confianza de los consumidores y su propensión al gasto caen en picado; a muchas de las empresas les pasa otro tanto y no invierten ni crecen, sino más bien al contrario: el paro acecha; el superávit presupuestario público se esfuma de aquí a diciembre. Tenemos que capear el temporal, que según nos dicen los peritos de la bola de cristal no va a durar más de dos años. Claro que ni los délficos augures ni el INE nos van a fastidiar el verano.

De hecho, en Andalucía hemos asistido probablemente a la primavera más festiva de la historia, que ya es decir: en ciertas capitales, los puentes han llegado a cuatro en mayo, aparte de las previas ferias, semanas santas y romerías ancestrales. Plantando cara al informe PISA y a la crisis. Pena de lluvia, que ha deslucido un poco la juerga y la devoción. Por otra parte y bien mirado, la lluvia ha generado una inusitada solidaridad de la población con los feriantes ambulantes. Copa de rebujito en mano bajo la loneta como cielo protector, eso sí.

Con el Cosmopolitan dando ya los consejos habituales –destápate, cambia de pareja, pon un poco de locura en tu vida– y nosotros que no sabemos cómo decirle al que nos alquila en agosto que este año hay que rebajar un poco que la cosa está muy mala, por fin esta semana junio ha anunciado el verano. Sobrellevaremos como podamos la visión de esos hombres que se colocan el combinado pantalón pirata-pelo en pierna-chancla. Resistiremos con reciedumbre el aluvión de epidérmicos estímulos visuales, como Alfredo Landa en Torremolinos. Tras el retrato ante la Agencia Tributaria (hasta el 30 de junio, recuerden), comenzaremos a apoquinar de lo lindo: escuelas de verano y campamentos bilingües con optimist para los niños; una salida al extranjero con unos vuelos low cost que son menos low porque el queroseno está de lo más high; nuestra amada playa familiar con ese supermercado que clava sin contemplaciones; una reedición de la crisis matrimonial, tan propia del estío.

A plantar cara a la crisis donde más le duele. Vamos.  

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