OPINIÓN: AUTOPISTA 61 por Eduardo Jordá

Trastornos de conducta

Si lo pensamos bien, cualquiera de nosotros ha sufrido docenas de trastornos de conducta. Enamorarse, padecer ansiedad, sentir impaciencia, los nervios ante un examen o una cita de trabajo, el sudor frío cuando tenemos que pasar por el arco detector de metales en los aeropuertos, o el insomnio el día antes de emprender un viaje: todas estas emociones pueden ser calificadas como trastornos de conducta. Y en realidad lo son. Quizá también lo sean conducir a 140 por hora, filmar con la webcam a la vecina –o al vecino– que toma el sol en la terraza, o hablar por un móvil “manos libres” en medio de un supermercado o en la sala de espera del dentista. Basta con que un experto le ponga un nombre largo y embarullado a lo que nos pasa, para que nuestra conducta adquiera de repente una preocupante connotación patológica. Y entonces nos convertimos en psicóticos. O al menos sufrimos una peligrosa perturbación emocional.

El otro día estuve viendo un reportaje en La 2 sobre los niños hiperactivos. Varias madres angustiadas, algunas llorando, reconocían que no sabían qué hacer con ellos y que tenían que darles una medicación especial. Algunas de aquellas madres asumían como algo muy natural que sus hijos de diez años tomaran una dosis diaria de antipsicóticos. “La medicación del niño”, decían suspirando, con la misma familiaridad con que los diabéticos hablan de la insulina o los miopes hablan de sus dioptrías.

¿Cuál es la diferencia entre un niño hiperactivo y un niño que tan sólo es un niño inquieto y que se aburre mortalmente? ¿Y cuál es la diferencia entre un niño con trastornos de conducta y un niño consentido y mal educado que apenas habla con sus padres y que se pasa la vida solo en su habitación, enchufado a la consola de videojuegos? Quizá la diferencia no sea tan grande como nos creemos. Es posible que algunos de aquellos niños sufrieran de verdad un trastorno más o menos psicótico. Pero estoy seguro de que muchos otros sólo eran niños aburridos, caprichosos, consentidos y maleducados, que no habían aprendido a controlarse porque nadie había hablado con ellos ni les había enseñado a hacerlo. ¿Cuántas horas habían pasado sus padres con ellos? ¿Cuánto deporte hacían para quemar su energía? ¿Y cuántas horas al día permanecían solos en su casa, sin saber qué hacer?

Son las preguntas que los expertos deberían hacerse antes de diagnosticar un complicado trastorno bipolar de ansiedad psicobiónica. O como diablos se diga.

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