OPINIÓN. LA CALLE

Vientos de cambios en el PP

EL Congreso de junio del Partido Popular se ha puesto interesante. Se da una situación inédita en las dos décadas de existencia del PP, sólo superada por la confrontación entre el presidente regional andaluz de Alianza Popular Antonio Hernández Mancha y el candidato del aparato madrileño Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, en 1987. Ahora, la posibilidad de que Esperanza Aguirre desafíe a Mariano Rajoy le da emoción a la cita de Valencia. Y concede también un papel protagonista al PP andaluz, que con 436 compromisarios es la delegación más numerosa del cónclave popular.

El presidente regional del PP, Javier Arenas, cuyo liderazgo en Andalucía nadie osa discutir, prevé un cómodo congreso andaluz que se celebrará quizá tras el verano. Pero antes, Arenas tendrá un papel estelar en el congreso nacional, porque es uno de los más decididos apoyos de Rajoy, junto a los máximos dirigentes populares de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, y de la Comunidad Valenciana, Francisco Camps. En teoría, los compromisarios emiten un voto secreto, pero la disciplina interna de los partidos asegura que la opinión de sus líderes sea seguida a pies juntillas. Sin embargo, para la democracia interna de los partidos es saludable que haya competencia. Lo fue para el PSOE cuando Zapatero ganó un congreso que el aparato, Felipe González y Manuel Chaves incluidos, había previsto que ganara Bono.

Ahora puede ocurrir lo mismo en las filas del otro gran partido nacional. El primer problema para Esperanza Aguirre, que tiene unas indisimuladas ganas de plantarle cara a Rajoy, es reunir 600 firmas de compromisarios. Los grandes partidos son maquinarias de poder y los aparatos son decisivos en la colocación de los cuadros medios y bajos, que son quienes componen la nómina de un congreso. Todos los que quieran seguir siendo alcaldes, concejales, diputados autonómicos, directores de empresas públicas, miembros de las Cortes generales, diputados provinciales, etcétera, deben medir muy bien si se apuntan a un asalto al poder. Porque si sale mal, corren riesgos laborales.

La presidenta de la Comunidad de Madrid repite que “de momento” no entra en sus planes ser candidata, pero tiene a sus fieles y a sus pretorianos mediáticos jaleando esa posibilidad. Aguirre defiende una postura de su partido más liberal en materia de costumbres, en concreto respecto a los homosexuales; quiere dar una imagen más respetuosa con las autonomías y en especial con Cataluña; está en contra de la economía subsidiada, prefiere reforzar la libre competencia. En definitiva, tiene un plan, ganas y seguidores. Pero la tendencia natural a ponerse de parte del poder establecido por parte de la militancia destacada juega en su contra. Los partidos tienen al monolitismo y los retadores tienen las de perder.

Por eso me ha parecido muy interesante, que en la reunión del lunes de la ejecutiva regional del PP andaluz surgiese alguna discrepancia. Joaquín Ramírez, presidente del PP de Málaga, la provincia con mayor número de militantes y compromisarios de toda Andalucía, dijo que le parece bien que Esperanza Aguirre sea candidata y añadió que no es momento de apoyar a nadie. Y Gabriel Amat, el presidente de Almería, la provincia con mejores resultados electorales del PP en la región, no se quiso pronunciar. Hay otros dirigentes y representantes públicos del PP que tampoco están por darle un cheque en blanco a Rajoy, pero prefieren no salir a la palestra. A este grupo le gusta la valentía de la presidenta de Madrid y cree que Arenas no debería haber sido tan generoso al apoyar la continuidad del actual presidente de su partido: “los que apoyan desde el principio, pierden peso y después no pueden poner condiciones”. Quien sí podrá poner condiciones, o nombres en la próxima ejecutiva es la propia Esperanza Aguirre si decide no presentarse. Con el descarte de Gallardón para secretario general, incluido en el paquete.

Otra opción es que se la juegue. No tiene mucho que perder. En enero de 2012 cumple 60 años. Este es un país al que le gustan los presidentes cuarentones: 43 años tenían Suárez, Aznar y Zapatero cuando llegaron al cargo. González no había cumplido aún los 40 y Calvo Sotelo tenía 54. Con la estadística en la mano, la presunta candidata no puede esperar.

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