OPINIÓN. AUTOPISTA 61

En el zoo

Cada vez que voy a un zoo me pregunto si los animales enjaulados son o no felices. En principio suelo pensar que no lo son, y que si se hiciera un estudio de su comportamiento, se descubriría tal cantidad de locura animal que haría falta un nuevo Freud (del ramo de la veterinaria psiquiátrica) para que la inventariara en un nuevo manual de perturbaciones psíquicas. Recuerdo un oso pardo que vi en el foso de un zoo cuando yo era niño. El animal no estaba furioso ni nervioso, o al menos no lo parecía. Pero le había entrado una especie de locura rotatoria y se dedicaba a recorrer los diez metros del foso, siempre en la misma dirección, como si fuera uno de esos hámsters que no pueden dejar de hacer rodar la noria de su jaula.

Aunque también es posible que las cosas no sean así. Quizá los animales sólo aspiran a vivir tranquilos en el zoo, como buenos jubilados que se pasan la vida en la salita de estar, siempre en pijama y zapatillas frente al televisor en marcha. Si los animales han nacido en cautividad, y también sus padres y sus abuelos, lo más normal es que ya no sientan ningún deseo de vivir en libertad, ya que su instinto se ha domesticado y ya no son capaces de buscarse la comida ni de defenderse del peligro.

El caso es que no acabo de tener claro si la vida en un zoo es satisfactoria o no. Hace poco vi a un chimpancé grandote de hirsuto pelo negro. Estaba tumbado sobre un pedestal de cemento, con los brazos en la nuca y una rodilla doblada sobre la otra. Tenía todo el aire de un millonario que se fumaba un habano en una chaise longue, en la cubierta de un trasatlántico que lo llevaba a Europa, con una mantita a cuadros sobre las rodillas y un libro (una novela galante, sin duda) abierto a su lado. Frente al chimpancé se había congregado un grupo de niños chillones, pero él seguía abstraído en sus pensamientos (y supongo que puedo llamarlos así, aunque ignoro qué podían ser). A pesar de que le llovían cacahuetes y palomitas y hasta bolígrafos, él seguía tumbado con las manos en la nuca, contemplando el cielo sin nubes. De pronto se dio cuenta de que yo lo estaba mirando, y me miró de reojo, sin moverse, al mismo tiempo que exhibía una de las sonrisas más burlonas que he visto nunca. Estaba claro que aquel chimpancé conocía el secreto de la existencia. Pero también estaba claro –y bastaba mirarle la sonrisa– que no querría compartirlo con nadie. ¿Era feliz o no? Ah, ese secreto era suyo y sólo suyo. Y no se lo iba a revelar a nadie.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios