betis - málaga | el otro partido

De los lunes a los jueves con cambio de hora

  • El equipo y la afición estuvieron desacompasados durante casi todo el partido hasta el pitido final, que certificó la clasificación europea

Jordi Amat, Feddal, Quique Setién y Joaquín celebran el triunfo en el centro del campo después del encuentro. Jordi Amat, Feddal, Quique Setién y Joaquín celebran el triunfo en el centro del campo después del encuentro.

Jordi Amat, Feddal, Quique Setién y Joaquín celebran el triunfo en el centro del campo después del encuentro. / fotos: antonio pizarro

Los mercaderes y sus negocios son los responsables de que los domingos hayan dejado de ser el día del Señor y del fútbol. La venta de los derechos, los beneficios de las plataformas y la rentabilidad de la internacionalización del balompié son las causas por las que el bético se ha visto obligado a modificar su reloj biológico semanal. Las manecillas, sin embargo, vuelven a su cauce. Se avecina un nuevo cambio de biorritmos. El año que viene el Betis no jugará más los viernes y los lunes.

La culpa la tienen el continente y sus competiciones. El equipo verdiblanco certificó anoche la clasificación para la Liga Europa, haciéndolo además a falta de nada menos que tres jornadas para la conclusión de la Liga. El Betis sustituye por tanto la anormalidad de los horarios ligueros que rodean al fin de semana por la bendita excepción de los jueves, vía la ancha y a menudo ajena Europa.

Más que nutricionistas, preparadores físicos o recuperadores, la plantilla del club de Heliópolis va a requerir a partir del verano de un relojero que sitúe en la hora adecuada los organismos de verde y blanco. Y quizá fue lo que le faltó anoche. Ya fuera por la presión de clasificarse por el método urgente, ya fuera por la impaciencia que tales deseos provocaban en el respetable, el Betis ejecutó anoche un extraño ejercicio de pérdida de personalidad. Hubo fases en las que los jugadores parecían parados, como el viejo carrillón del abuelo, y el minutero y el segundero de cada futbolista señalaba al capricho su hora.

Mientras tanto, el público piaba como un cuco en el Villamarín en completo descompás con el huso horario del jugador. Más que crítica era frustración. Los 53.163 había acudido a pasárselo bien y, sobre el campo, no abundaba la alegría sino la imprecisión. La grada y el césped coincidieron tres veces y media: con el gol de Durmisi en el 24, con el segundo de Fabián en el 73 y con el jolgorio tras el pito del árbitro al final.

La fiesta fue tan precisa como un reloj atómico. Irrumpieron los cánticos y las nuevas melodías en el graderío que provocaron el baile de los futbolistas. No es el lunes el día más habitual para una fiesta, desde luego, pero hasta en eso han tenido que modificar sus ritmos biológicos los hinchas. Todo sirva como preámbulo de la retahíla de jueves por venir.

Y, si no bastó el regocijo a destiempo en el Villamarín, los gritos de la afición obligaron a los jugadores a salir de los vestuarios e ingresar en el césped en un nuevo desafío al ritmo normal de los organismos. Era ya por lo menos hora de dormir. (¡Por las que hilan!) Hasta a Quique Setién pudo vérsele emocionado, un rasgo infrecuente de su efigie: la suya es sin duda la del hacedor de la metamorfosis. Y la del cambio de horarios. Benditos biorritmos.

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