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Del mercurio al oro macizo

  • Quique Setién introdujo en su probeta los elementos crudos del filial para transmutar el vil metal en el más noble de todos, el triunfo

  • Los millones dorados comenzaron en el banquillo

Francis, uno de los canteranos, se va de Luisinho en una acción del partido de anoche en Riazor. Francis, uno de los canteranos, se va de Luisinho en una acción del partido de anoche en Riazor.

Francis, uno de los canteranos, se va de Luisinho en una acción del partido de anoche en Riazor. / cabalar / efe

La meta de todo alquimista que se preciara de tal nombre consistía en transmutar el vil metal en oro. La fórmulas eran múltiples y cada uno mezclaba los ingredientes que más a mano le convenían. Eran otros tiempos, antaño. Hogaño, en Riazor, tierra de brujos y meigas, el entrenador del Betis, Quique Setién, decidió de partida dejar todo el oro en el banquillo, los casi 15 millones que costaron en verano Javi García, Camarasa, Sergio León y Tello. El cántabro optó por disponer del metal procedente de la cantera para convertirlos en unos tres puntos de oro macizo. También una medallita para su ojal.

La sorpresa le llegaba a los béticos con los cuatro elementos del once inicial. Loren, Fabián, Francis y el debutante Júnior compartían hasta hace dos temporadas correrías y residencia en Los Bermejales, una mina para Setién si se tiene en cuenta la cantidad de futbolistas del Betis Deportivo que ha hecho debutar con el primer equipo -siete en total-. Pero el partido, todo sea dicho, tuvo más apariencia de plomo que de dorados, más de pesado que de preciado. Más oxidable que incorruptible.

Del sabor a vil metal sólo se escacapa el buen gusto de Joaquín, quien se multiplicó en la primera fase del encuentro para aparecer por todos los flancos. El milagro de la substanciación había sido reemplazado momentáneamente por el de la omnipresencia. El portuense no entiende de leyes. Ayer no atendió ni a la de los años, que es más honda que la de la gravedad. El choque, sin embargo, resultaba tosco y enmarañado como un ovillo de pana de Cuenca.

Y si el Betis ponía el metal, el Dépor aportaba la leña. La primera parte de Andone, Luisinho, Bakkali y Albentosa fue digna no de un incendio, sino de una ciclogénesis explosiva. Y más candela. Las piernas de la nómina de chavales del Betis Deportivo, Francis, Fabián, Loren y Júnior, guardarán para la posteridad los sellos y las trompetas del Apocalipsis deportivista. La revelación vendría tras la reanudación.

El Betis, aparte, jugaba con fuego. La planicie era total. El toque, además, adoleció de un sinfín de imprecisiones impropias de un equipo como el verdiblanco en la presente temporada. Pero el hornillo iba cociendo el mejunje. El primer aviso fue de Joaquín, cuyo córner olímpico adivinó, a los 50 minutos de juego, la aleación de metales por venir. El jugador bético trató de transformar el saque de esquina en oro, pero se quedó en mero bronce.

Pocos minutos después obró el milagro en el terreno de juego de Riazor. El plomo se convirtió en mercurio, igual de denso, igual de pesado, pero que pasa por ser el único metal líquido a temperatura ambiente. Por eso muchos alquimistas estuvieron durante siglos convencidos de que el mercurio era el ingrediente secreto, la piedra filosofal, el coadyuvante a cargo de transformar el rudo metal en el metal más noble.

Si el Betis ponía el plomo, el Dépor puso la leña, una ciclogénesis explosiva en toda regla

El 0-1 se hizo esperar. De Júnior a Loren, toque mercurial desde la factoría de Los Bermejales. ¡Eureka! Era el mercurio de los mozos. Los jugadores deportivistas, un material rudo y deforme durante toda el partido, parecían precisar de litros de mercurocromo. Y así hicieron. Poco tardaron en curarse las sangres y las postillas y, una vez más, hacer sufrir al Betis. Un partido más. Otro.

El equipo de Setién se vio sorprendentemente desbordado en el tramo final. La idea era mantener la pelota, pero esa lentitud era propia de un mercurio más venenoso que abracadábrico. Al Betis le tocó sufrir. Es lo suyo. Otra cosa es que, una vez llegado el pitido final, el beticismo considerase que mereció la pena la aleación. Del vil metal del encuentro al valioso oro de los tres puntos.

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