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Sin ritmo pero con baile

  • Un gol de Sergio León premió con el triunfo a un Betis falto de velocidad y acierto

  • Los de Setién regresaron de Getafe danzando el 'eurobeat'

Un grupo de aficionados del Betis presentes en Getafe despliegan las bufandas antes del comienzo del choque. Un grupo de aficionados del Betis presentes en Getafe despliegan las bufandas antes del comienzo del choque.

Un grupo de aficionados del Betis presentes en Getafe despliegan las bufandas antes del comienzo del choque. / fotos: ZIPI / efe

La expedición bética viajó a Madrid con la intención de organizar un baile. No era ninguna tontería lograr el tercer triunfo consecutivo, sumar nueve puntos de una ristra y arribar, como culmen, a los puestos europeos. La danza del eurobeat requería, naturalmente, que el Betis se impusiera a un Getafe que en el Coliseum Alfonso Pérez Muñoz sólo había perdido en cinco de los 16 encuentros disputados. La empresa no era cualquier cosa.

La dificultad, que no era un secreto para nadie, se apreció desde el primer minuto. El entrenador del Getafe, José Bordalás, es un verdadero experto en disponer una tupida cota de malla de futbolistas con la que fortificar el césped. Si a eso se añade el particular concepto de intensidad que maneja el manual de los jugadores de azul la complicación se elevaba a parámetros siderales.

Quique Setién y Bordalás son y serán, desde tiempos pretéritos, desde que uno estaba en el Lugo y el otro en el Alcorcón, queridos enemigos hasta que la muerte los separe. Los humores debieron de trasfundirse a la hierba. Fajr, Amath y Flamini formaban un amasijo de leña que sacudía a todo los verdiblancos que pasaran por la vera. Una patada. Otra entrada. La enésima rasca. Sorprendía el amplio muestrario de interrupciones con los que los getafenses eran capaces de cortar el pretendido fluido de un Betis que jugaba espeso a más no poder. Y, como es sabido, sin ritmo no hay quien dance.

Ya fuera por una razón o por la de más allá, la escuadra heliopolitana no jugaba ni un pimiento. Fabián, Guardado, Javi García, Boudebouz y Loren parecían uno de esos móviles perpetuos con los que la ciencia moderna querían hacer funcionar hasta la eternidad, siendo el infinito de la pérdida del balón el perpetuo signo de los futbolistas béticos. Era un desastre. La parálisis era alarmante. Hasta un caracol que babeaba por el césped se atrevió a pedir la hora.

Sin velocidad, sin una rápida circulación de la pelota y con un estatismo que desesperaba incluso a las estrellas ocultas de la noche madrileña, el Betis no tenía nada que hacer. El partido era feo. No existía continuidad, un término al que sólo se aproximaban las eventuales incursiones verticales del Getafe. La conexión Fajr-Portillo-Jorge Molina-Ángel anticipaba lo peor, algo que no sucedió de puro milagro, por un golpe neto de suerte.

Porque ya en la segunda mitad el Getafe falló un penalti. Adán, pubalgia incluida, le detuvo la pena máxima a su ex compañero Portillo y más arriba del pubis le atajó el rechace. Sus compañeros lo celebraron con una singular efusividad. Minutos después, Antunes envió una falta directa al palo diestro del guardameta, que vio recorrer la pelota por la línea de gol como dicen que se observa la secuencia completa de la vida antes de la muerte. Y la fortuna de que el árbitro no viera el gol del Getafe que entró sobrado en la portería verdiblanca. Entretanto, y hasta entonces, la espesura del Betis no fluidificaba ni a la de tres ni con la lluvia.

Justo antes del fantasma había llegado el gol bético, ése que suele llegar tan comúnmente en la presente temporada en los instantes postreros. Sergio León supo clavarse en el área local para rematar a las redes un centro de Barragán en una jugada, quizá la más veloz de todo el partido, muy del gusto de Setién. Pese a la falta de ritmo, a pesar de haber amasado el esférico con menos velocidad que el crecimiento de la hierba, el Betis se permitió la danza. Ganando así en Getafe, este equipo ha de aprender el eurobeat.

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