Diálogo en la escena del paciente

La alimentación ha creado toda una simbología que se manifiesta en los distintos ámbitos de la vida social, incluso personal. Así, en nuestras relaciones con los demás no es difícil encontrarse con apelativos cariñosos como bombón o dulzura para llamar a alguien querido, o soso y salado para calificar el carisma de un individuo.

La relación con la alimentación a lo largo de los siglos ha sido además el espejo de un estatus. En épocas de hambruna la gordura era símbolo de poder ya que sólo poseían recursos alimentarios aquellos que lo degustaban. O en su despilfarro, los antiguos romanos se saciaban en festines hasta el punto de vomitar para poder continuar comiendo. Hoy las celebraciones como las bodas se aprovechan para conversar a en torno a la opulencia de la comida.

Por otro lado, en la forma de cocinar, de mezclar y sazonar los elementos gastronómicos también se proyecta la cultura. En cada sabor, fuerte o suave, parece destaparse la esencia de un país. Casi que puede darse la vuelta al mundo en 80 platos. Sin embargo, el estilo de vida actual que apremia el tiempo genera un estrés en decrimiento de la elaboración culinaria.

Se publicita comida prefabricada, bollería industrial, fritos a golpe de minuto... en definitiva, comida poco saludable y con mucha grasa encubierta que genera problemas cardiovasculares, diabetes u obesidad entre otras enfermedades. Una publicidad que misteriosamente a la vez que vende estos productos engordables juega a sentar las bases de la belleza sobre la extrema delgadez.

No es difícil imaginar entonces, que el espejo que habla a una persona con bulimia o anorexia sea como esos de los parques temáticos o las ferias. Los cuales, como si de la casa de los horrores se tratara, alarga, achata, deforma cada parte del cuerpo hasta que simplemente no se reconocen, o adoptan una identidad de flaco o gordito que no corresponde. Sin embargo, para los afectados por trastornos alimentarios hay espejos más profundos, camuflados en sus día a día, como son la auto exigencia, las carencias afectivas, la incapacidad para manifestar las emociones o el miedo a hacerse mayor. Hay entonces que trabajar para que los que no sufren de estas patologías puedan verlos, y no terminen simplificando todo al espejo físico.

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