los días imáginados

Epístola a los incrédulos

  • Viene otra Madrugada, que es la luz frente a las tinieblas, silencios y esperanzas, la que llega a las almas

  • Por eso hay que volver a las calles para recuperar la pureza que no se debió perder

El Señor del Gran Poder poco antes de entrar en el regreso a su basílica. El Señor del Gran Poder poco antes de entrar en el regreso a su basílica.

El Señor del Gran Poder poco antes de entrar en el regreso a su basílica. / Juan Carlos Vázquez

Esos que han mancillado el cielo que baja a Sevilla, esos que han ensuciado los nombres sagrados, esos que corrieron como posesos en las sombras, esos que agitaron el ruido frente a los silencios, esos que enturbiaron el llanto de unos niños, esos que han bebido el veneno de una bacanal insolente, esos que gritaron para asustar a unos nazarenos desprotegidos, esos que se apelotonaron en las bullas con la cobardía del anonimato, esos que propagaron rumores de miedos que jamás existieron, esos que agitaron la correa de los que ladraron, esos que tiraron el bulo y escondieron la mano, esos que se jactaron de sembrar el miedo… ¿Habrán descubierto alguna vez el Gran Poder de Dios y el consuelo de la Esperanza?

Viene la Madrugada, con sus sombras alargadas. Viene el cirio a encenderse en el silencio del templo. Viene la Santa Cruz a las calles para enseñar el camino más corto que llega al alma. Brota la saeta por primera vez en esa noche, la luz que sólo se apagará cuando el último candelabro del palio cruce el cancel de San Antonio Abad. Esos que rompieron los silencios en añicos, ¿habrán entendido que no pudieron derribar las altas torres de los nazarenos, ni han socavado el mensaje puro y limpio del azahar bendecido en silencio hasta que llega el alba?

Viene la Madrugada con la mirada del Señor que escruta las conciencias, que entra en las almas como un dardo certero que traspasa el dolor. Viene el itinerario que se recorre con el Gran Poder de su zancada. Viene el suspiro que se ha escapado de cualquier balcón. Viene el recuerdo de tantos viernes del año, cuando besaron el talón que ahora recorre y se aferra a la ciudad inquieta. Esos que avasallaron a la multitud, que destrozaron un pacto sagrado, ¿habrán entendido al que abraza esa cruz, con firmeza, para estar al lado de los más humildes?

Viene la Madrugada con la muerte que revela su crudeza en el Calvario, con la luz débil y vacilante de cuatro hachones que expresan la fragilidad de los tiempos. Vienen los brazos abiertos que nos enseñan que la salvación no es un camino de rosas rojas, sino de espinas que se clavan. Esos que se encontraron con los negros nazarenos a los que arrollaron sin respetar las reglas, ¿habrán entendido que el Calvario de Cristo alumbra la vida entre lirios en el monte de la calavera?

Viene la Madrugada, que se explaya de amores en la Macarena, que afina una alegría de besos y lágrimas cinceladas en el alma. Viene la Esperanza, tras un río de plumas blancas que inunda la calle Feria y la Alameda, las plazas de los recuerdos donde es más tierna la espera. Esos que sentenciaron al débil en la batalla inapelable entre el bien y el mal, ¿habrán reconocido que la luz de la Madre de Dios derrota a las tinieblas y reconforta en los sueños?

Viene la Madrugada, reverdecida en la Esperanza que sigue a las Tres Caídas, que se aparece en Triana para cruzar un puente que lleva a la gloria. Viene la fidelidad inagotable de su gente, que ha deshojado todas las flores del mundo para que sus pétalos acaricien el rostro de la Virgen. Esos que arrollaron la corriente que llegaba del río, en una emboscada siniestra, ¿habrán entendido que siempre hay que esperar porque su amor es más fuerte que el dolor?

Vienen los gitanos y los payos a pasar por la plaza de San Román, como en otros tiempos, en el camino del palacio y del convento, para llevar a todos la Salud que sana las Angustias. Viene el quejío de las gargantas roncas y la humedad del brillo en los ojos emocionados para clavar una saeta en lo más perdido de las tinieblas. Esos que se confundieron de fiesta, y llenaron de pus y borracheras una plaza, ¿habrán entendido que la angustia que esparcieron se sana con la salud de las almas?

Esta Madrugada no es la que han maltratado. Esta Madrugada es la de siempre: la de los silencios y las esperanzas; es la de la luz frente a las tinieblas, la que en Sevilla aprendimos a querer para dar un testimonio al mundo.

Por eso, no hay que renunciar a la Madrugada. Nadie debe caer en la cobardía de lo perdido, ni en la indiferencia de los incrédulos. Hay que reconquistarla.

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