Lunes Santo

La fe del guardamanto

  • Caminando tras el Cautivo y tras los pasos de palio de los barrios es como se vive la Semana Santa.

  • El público de la Amargura no pudo acceder a la calle Alcázares.

  • Vea las imágenes del Lunes Santo.

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Misterios tiene la noche del Lunes Santo. Misterios cuando los albos nazarenos de la Amargura caminan solos por Alcázares porque una mente preclara ha decidido limitar el acceso al público. Misterios por resolver. ¿Qué tiene la calle Alcázares para prohibir el paso de esos cofrades que deciden renunciar a horas de sueño por acompañar a una de las grandes cofradías de la Semana Santa? "La mitad de mi Semana Santa es la Amargura", dice el canónigo José Luis Peinado. Pues los nazarenos de la Amargura caminaron solos por Alcázares, pena aumentada tras pasar por unas setas pobladas de bajos comerciales de luces excesivas, vocerío pasado de vidrio y nudos de corbata aflojadas. El regreso de la Amargura, una vez superada la Anunciación, vive sus momentos más duros en la Encarnación. Alcázares era otros años una suerte de refugio tras dejar atrás el laterío de la Encarnación, suciedad acumulada desde mediodía, pero esta vez fue como cruzar un desierto nocturno. Misterios tiene la noche que alguien habrá de explicar. Nunca fue Alcázares una calle problemática como para semejantes medidas preventivas. ¿O sí? La Amargura pasó a solas. Preciosa, pero a solas. Con esas prisas de una dama que se recoge a deshoras. El capataz Ollero siempre la lleva rápido, pareciera no gustarle que la Virgen pase tantas horas fueras de su casa. "¡Vámonos señores, vámonos!", apremia en los relevos. Entró en la calle de Sor Ángela con su marcha, la de Font de Anta. Atrás, muy atrás, se quedó el público, su gente, apoyados los devotos en una valla, queriendo estar junto a Ella a través de una mirada que no alcanza, imposible una vista tan larga, despidiendo desde muy lejos la última filigrana del candelabro de cola recortada en los muros blancos del convento. Parecían devotos que se quedan en tierra mientras se pierde en lontananza el barco de sus emociones. Qué pena, qué caras. Qué amargo y dulce al mismo tiempo el arranque del Lunes Santo.El primer nazareno de la Amargura ya regresa a casa veloz por la Alfalfa cuando la Virgen aún debe estar recibiendo las oraciones de las hijas de Madre Angelita. El nazareno camina entre una vergonzosa cochambre. Hierático, formal, altivo. Su silueta pasa espigada entre la basura que pareciera dejada tras el paso de unas hordas.  La noche se cierra. El nazareno se dirige a extramuros. El centro queda a la espera de que los servicios de limpieza borren las huellas de la vergüenza. Si alguien de fuera apareciera en la Alfalfa a las dos de la madrugada de un Lunes Santo no sabría si allí se ha celebrado la fiesta de la primavera, barriladas y botellonas incluidas, o una fiesta de fin de año. Lo último sería pensar que por esos lares  han pasado tres cofradías exquisitas.

Salida de la Virgen de Guadalupe, de Las Aguas. / Vídeo: Antonio Pizarro

Cuando suena Alma de Dios en la Campana y está el misterio de la Redención buscando Sierpes, olivo, túnica bordada, miradas entre los apóstoles, no cabe más que acordarse de los años ochenta, cuando don Eugenio Hernández Bastos gobernaba la cofradía. Las nuevas generaciones tal vez no conozcan ni por referencias la labor de este sacerdote de Hervás al que el Beso de Judas, como le gusta decir al histórico Fernando Baquero, le debe sus cimientos, unos sólidos cimientos que hicieron posible el crecimiento notorio que ha experimentado esta corporación en la última década, hoy rica en bordados, número de nazarenos, suntuosas insignias, estilo de priostía, proyección mediática y hasta su cuota de famoseo. En aquella hermandad de don Eugenio se podían contar los nazarenos. Oír Alma de Dios es evocar los años de aquel cura que siempre regresaba por Cardenal Cervantes y traía en el rostro las marcas del sol que había castigado su blanca piel en una Campana despoblada de abonados. Eran otros tiempos.

Salida de La Redención. / Vídeo: Juan Carlos Vázquez

Detrás de los pasos de palio de los barrios caminan las devotas. Forman una especie de aristocracia, de grupo cerrado donde es difícil entrar si no es con humildad, habilidad y paciencia. Detrás de los pasos de palio van los nazarenos guardamantos con el objetivo de proteger sedas y bordados, según los casos. Usted se coloca detrás de alguno de esos nazarenos y enseguida sentirá una presión continua en los riñones. Persistente. Hay que aguantar el tipo. A la tercera chicotá sentirá directamente un empujón, amable eso sí, pero empujón: "Yo estaba aquí, pero es que he ido a por agua". Y no se trata de ningún teatro con filas de asientos numerados, sino de una bulla donde pareciera que los sitios se cogen por antigüedad. "Aquí estaba yo". Y eso es ley no escrita. Suena Procesión de Semana Santa en Sevilla, los riñones aguantan las embestidas de quienes cierran las puertas del grupo y no desean elementos extraños.

La Virgen de las Tritezas en la esquina de Francos con Villegas. / Vídeo: El Palquillo

La Virgen de la Salud sube el Altozano, el cielo es limpio y en lo alto de un restaurante hay exhibición de vidrios, mientras en la planta baja se aprecian muchas caras enrojecidas por la ingesta de taninos. La presión en la espalda se acentúa. Mejor salir del círculo cerrado y recorrer esa recta, ese eje formado por el puente, Reyes Católicos y San Pablo, un itinerario que huele a ketchup a ratos. En Marqués de Paradas hay colas para entrar en un bazar chino. Cerca de allí, dos tipos huyen a toda prisa. ¿Ladrones? La gente los mira, se pierden y la atención vuelve a la cofradía. Los vendedores ambulantes de bebidas se multiplican como en la orilla de una playa del Puerto. "¡Agua, agua fresquita!".

San Gonzalo en la capilla del Carmen. / Vídeo: El Palquillo

"Se ruega no sacar bebidas a la calle", reza el cartel de un lustroso balcón de la Campana, donde hay selecta dulcería y las filas se triplican en los horarios de máxima audiencia. La chiquillería corretea entre los nazarenos de Santa Marta, alguno (o alguna) de los cuales no disimula su enojo. La popularidad del Lunes Santo es de San Gonzalo. El crecimiento, de la Redención. Un vendedor de globos busca la salida de las Aguas por la calle San José. Le han dicho que sale por allí cerca, pero eso ocurría en los años lejanos de San Bartolomé. De San José a Dos de Mayo hay un trecho.

Salida del misterio del Polígono de San Pablo. / Vídeo: José Ángel García

Los guardamantos de la Salud aguantan el tipo. Pasan las horas. Ellos, junto a los dos manigueteros traseros, cierran la cofradía con sus palermos. Son fijos y disciplinados como las figuritas de madera que Ortega Bru hizo para adornar los varales. Una de esas pequeñas tallas, por cierto, se desprendió en una levantá. Estos nazarenos no se pueden permitir muchos descansos, no tienen espacio físico. A veces reciben nazarenitos de meses de vida para que los pasen por el manto. Salud para el chiquillo, mira qué cara tiene la criatura, está asustado. Van recogiendo las últimas oraciones a la Virgen. Los guardamantos son el cierre, el sello , el broche. Sólo el barrio puede ir a la vera de estos elegidos, norma no escrita que se hace cumplir mediante la sutil presión en los riñones. Aquí nos conocemos todos. Y de la escolta de la Guardia Civil hacia atrás, el que manda es el barrio, las devotas caminantes.

Salida de la Virgen de las Aguas, de El Museo. / Vídeo: Juan Carlos Vázquez

El lunes que sabe a yemas de San Leandro ("Ave María Purísima, medio kilo son once euros") termina con esa escolanía improvisada que son los monaguillos del Museo. Para qué fijarse en la basura teniendo la silueta de un nazareno de la Amargura como legado gráfico del primer día de la Semana Santa. Para qué lamentar la presión en los riñones, si es cierto que la Virgen en sus horas más especiales debe ser de quienes la cuidan todo el año. Hay que reconocerlo. Déjame, hermano guardamanto de la Salud, que me acerque un instante a ella. Será sólo un momento. Me apoyaré, si es preciso, en el tío de la escalera para acercarme. Bendita presión en los riñones. Benditas incomodidades y pisotones. Bendito lunes. Caminando tras el Cautivo y tras los pasos de palio de los barrios es como se vive la Semana Santa. Don Eugenio estaría contento con las flores de su Virgen del Rocío, ricas, variadas y muy seleccionadas. No se le pueden poner vallas a la emoción. No se puede uno meter detrás de un palio sin el permiso no escrito de las devotas. Y hay que saber caminar arrastrando los pies para no pisar a ninguna, metáfora pura de cómo se entra en ese sitio llamado Semana Santa.

Entrada Entrada del Cristo de las Aguas con los sones de Tres Caídas de Triana. Vídeo: El Palquillo

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