Del altozano

Martes Santo, el día que los barrios conquistan el centro

  • lTras el apoteósico arranque en el Cerro, el día se convierte en una cascada de sensaciones

La Virgen de los Dolores del Cerro del Águila por el barrio. La Virgen de los Dolores del Cerro del Águila por el barrio.

La Virgen de los Dolores del Cerro del Águila por el barrio. / José Ángel García

Si una ciudad se diseña desde el centro a los barrios de forma gradual y con el paso de los años, un día como el Martes Santo se configura también desde el centro hasta la periferia y se configura con el paso de los años. Desde Mateos Gago a Afán de Ribera el colorido y la viveza de esta jornada de la Semana Santa son señas de identidad inigualables. El Martes fue capaz de demostrar que cuando hay voluntad todos caben y que nadie sobra en la Semana Santa. Gracias a esta generosidad de los cofrades que dirigían las hermandades en el ya lejano 1989 la cofradía del Cerro abre una jornada de dentro a afuera. Desde el Desamparo y Abandono hasta la Santa Cruz. El Cerro es para mí una hermandad de barrio con estética de ruán negro. Me explico. Tenemos en nuestra mente el cliché de que las cofradías de ruán son por regla habitual más ortodoxas en la calle y que su impronta define un estilo de hacer cofradía. El Cerro ha roto ese cliché, y sus capas blancas y antifaces burdeos, con el colorido propio de un barrio unido en la fiesta con su cofradía, nos dan muestra cada año de cómo debe ser un cuerpo de nazarenos en una cofradía, dando igual lo lejos que estén, los colores de sus túnicas o el tiempo que permanezcan en la calle. El Cerro es para mí el fogonazo que necesitábamos ver en el siglo XX para demostrar que las cofradías no son algo arcaico y fuera de la sociedad. El Cerro va abriendo en canal las calles por donde pasa para como una flecha puntiaguda clavarse cada año en el mismísimo corazón de la fe: la Catedral. Y digo bien, porque cuando la lluvia les ha sorprendido en la calle siempre entendieron sus hermanos que lo de menos era llegar a la Campana, pero que a la Catedral había que llegar y demostrar una compostura.

Este arranque de barrio en el Martes será una cascada ya de sensaciones. La calle Feria, Avenida de plumas blancas en la Madrugada, será austeridad de tela negra con la silente muerte del Cristo de las Almas. Y sin solución de continuidad serpentearemos en búsqueda de la ojiva de la Puerta de Carmona para ver la Humildad de quien es consuelo de viajeros todo el año tras una ventana convertida en el altar donde siempre hay momento para una breve oración. Pero si el Cerro nos dio una lección de saber estar cuando se incorporó a la Semana Santa la Cátedra suprema se imparte desde la Universidad. Allí donde el hombre busca cada día la razón de las cosas y el aprender cada vez más. Allí está la verdadera razón de la vida de los cristianos. Nada enseña mejor a entender la fe que su Buena Muerte.

Martes de barrio y más barrios. La Calzá en su gran fiesta, como le cantó el trovador Pascual González a su cofradía de San Benito. ¿Qué lo maten? ¿Quién lo ha dicho? Que ni lo toquen siquiera. Dos preguntas y una afirmación que encierran toda una filosofía de amor de San Benito con su gente del barrio de la Calzá. Para mí los Martes seguirán teniendo en mi retina la llamada de Carlos Morán al martillo jaleando a sus costaleros con ese "Arriba el Hijo de Dios". Que ni lo toquen siquiera. La Calzá mima a su cofradía como ésta mima a su barrio y a los acogidos en la residencia de ancianos que viven al lado de donde habita todo el año la Palomita de Triana.

Y de barrio de nuevo al centro. Nos encontraremos con la luz radiante de la Candelaria del mío existir como la definiera otro de los grandes trovadores de Sevilla como fue Silvio. Termina el Martes Santo llevándonos de forma sigilosa hasta los pies de la Giralda. Mientras los blancos nazarenos candelarios llenan de Salud la vieja Alcaicería, no muy lejos de ellos en San Lorenzo, de nuevo barrio y cofradía unidos, Jesús ante Anás sufre el escarnio público. La calle del beato Spínola será testigo mudo de cómo se abofetea a ese Hijo de Dios que en San Benito no ha parado de subir hacia arriba durante años Carlos Morán.

Cuando la noche ya tapa la luz de la ciudad se abrirá de par en par el corazón para que el Martes Santo termine de la mejor de las maneras posibles. En Santa Cruz encontraremos el equilibrio. Allí la balanza está equilibrada y comenzaremos a vislumbrar cómo se nos ha ido el día.

De forma fugaz habremos recorrido la ciudad desde uno de los puntos más lejanos a la Catedral -el Cerro- hasta los mismísimos pies de la Giralda donde el agonizante Cristo de las Misericordias clava sus miradas.

El Martes que amanecía junto a la Virgen de los Dolores en el Cerro se cierra en su cronología histórica con la Virgen de los Dolores de Santa Cruz. Hay una única Semana Santa de Sevilla aunque con muchos matices y de esto es fiel ejemplo la jornada del Martes Santo. ¿Qué lo maten? ¿Quién lo ha dicho? Que ni lo toquen siquiera. Pues eso, que al Martes ni lo toquen siquiera.

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